Magia o burlesque
Volví a leer Cien años de soledad, luego de ver la producción cinematográfica serial, propuesta por sus hijos, como lo hicieran con una novela póstuma que no leeré. Rodrigo es director de cine.
No puedo decir que es la maravilla porque mentiría, a lo mejor porque en el fondo la obra no es tan profunda y clásica como se pretendió con tanto bombo en la época en que se publicó.
Y recuerdo de labios del propio Gabriel García, también metido al cine, cuando admitió que de su obra quedaría en el tiempo a lo mejor, “El amor en los tiempos del cólera” al tener certeza que el valor o intención de aquella no sería el que rebasaría la exigencia de ese certero juez, para acercarse al Quijote, pero que el boom pudo llevar al infinito y hacer estallar en las nubes.
Entonces vuelvo a ver en cine “El amor en los tiempos del cólera” y aquí si se dejó convencer el autor del productor Steindorff, por tres millones de dólares, para que su obra se llevara al cine en el idioma inglés. El tema recurrido del amor contrariado, enfrentando al clásico de Scott Fitzgerald con El Gran Gastby, imposible, pero reinventado por el dinero “sucio” luego de la depresión, que se vuelve el real sueño americano y la ruina moral.
La obra de Gabriel García podemos decir, lucha en la película para que el amor contrariado pueda tener un final feliz 51 años después y en la vejez llegue el amor.
Toda una locura ideal que como también el nobel reconoció está basado en hechos reales cercanos a su familia. Como también lo fueron los hechos narrados por Fitzgerald.
La obra literaria si fue posible ser llevada al cine y no por alguien dedicado a hacerlo con obras de tendencia clásica. Eso elogio del director y de los consejeros que debieron ser los hijos del nobel colombiano. Si se podía hacer y se hizo, pero en la época serial televisiva de Netflix.
Claro, es notorio el esfuerzo por tomar la narración desde el séptimo arte de manera muy cercana a lo literal, al punto que podemos pasar del capítulo cinematográfico a las páginas del libro con cierta certeza de la ubicación de los hechos, que permiten desmitificar, eso sí, el estilo de García dejándolo en su ropa interior de manera lineal.
Desmitifica la supuesta magia, el recurso artificioso, el engaño y trampa que nos hacía delirar a los dieciocho años como si estuviéramos dentro de un verdadero tornado del creador iluminado tan cercano a Dios.
Las fallas del seriado pueden estar en el casting, donde solo sobresale la magia de una mujer, la actriz Viña Machado en el papel de la prostituta centenaria.
La Úrsula es una mujer muy pequeña para el personaje tan inmenso que se nos quedó grabado en la realidad de la infancia y la memoria, esta es una mujer común y corriente y no la actriz que merecía el personaje que me trae a colación la carencia de una Vicky Hernández y hasta lo hubiera hecho mejor Judy Enríquez y hasta Dora Cadavid con ese tinte de dulzura nacional para una abuela de las que tuvimos de verdad y que lo hubieran hecho mejor.
El Aureliano se acerca en algo, pero vuelve la falla en el primer José Arcadio que no da la talla siquiera métrica, a lo mejor hacia los lados, pero era necesario ese hombre grande que aunque anciano creamos de “El coronel no tiene quien la escriba”.
La relectura fue agradable, pero no deslumbrante y nos fue posicionando en una verdad que el libro ubica en una frase, para entender en definitiva que lo que nos daba Gabriel García no era otra cosa que la tomadura de pelo “del gallo capón” de su tierra.
Pero nada que ver con la magia, ni con la magia unida a lo científico como enseña el Retorno de los brujos. Lo de realismo mágico se nos vuelve “carreta pura”. Porque al señalar lo que le indicara el sabio Catalán, don Ramón Vinyes de forma literal dentro de la novela misma, al hacer literatura entendemos toda la intención de Cien años de soledad:
“El invento de la literatura es para burlarse de los demás”.
Por eso, la relectura que terminé el 15 de Enero del 2025 me trae dos sensaciones y una certeza.
La sensación primaria de caminar muy cercana por el esperpento de Rabelais.
La segunda, de estar siendo timado por una carcajada que se inventó el costeño, como lo dije arriba:
El mamagallismo que sus cercanos asimilan a la magia.
Que ese sí no fue elevado a cánon, afortunadamente para nuestra literatura.
La certeza me la aporta Ramón Vinyés y me la acaba solidificando Milán Kundera cuando habla de la necesidad de lo cómico en el clasicismo de la historia de la novela, junto a lo épico y lo prosaico.
La realidad disfrazada con esos tópicos estrafalarios al ser elevados hasta la desmesura le dan el tono de lo supuesto como “real maravilloso” en esta obra sin que por ello pueda tenerse como inventor personal del supuesto realismo mágico.
Ese realismo mágico que se puede encontrar si, al juntar la ciencia con la magia, la brujería y la física cuántica.
El cuento dentro de otro cuento escrito por un gitano es el mismo recurso de Cervantes quien recibe los pliegos escritos de Cide Hamed Benengueli.
Roto el misterio nos permite llegar a la conclusión, que dando palos de ciego en la búsqueda de una teoría literaria, viajamos por tantos autores para lograr escribir una novela con similares elementos de lo épico, prosaico también, y cómico como lo dilucidara el sabio catalán.
Allí está la historia, el pasado en cuadernos escritos a mano, una verdad que a diario se modifica y por el recuerdo se hace presente; y con esos pergaminos sin gitano se adivina el presente y el futuro fusionando el tiempo de todos los tiempos.
El juego sencillo de unir la ficción a la realidad.
Marco Polo
Altillo de Vilanova
Bogotá D.C.
Enero 15 de 2025.
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