LEVE ENCUENTRO DESDE LA EPS

La Contraloría General de 1975, era el fortín político de los costeños de Valledupar encabezada por Aníbal Martinez Zuleta, El negro grande del Cañaguate quien salió premiado por sus compañeros del senado con el emporio de cargos públicos más apetecido, para repartir a diestra y siniestra al antiguo frente nacional.

El nombramiento de Milos lo debería al loco Guillermo, compadre giganteño de su papá y jefe de personal encargado de la Contraloría, cuya secretaria y sala de espera le admitió allí casi como un mueble más, sin recibir el inmediato llamado y debió soportar y fastidiar por cerca de treinta días, hasta que la señora de los tintos se acostumbró tanto a su presencia, que le ofreció el primer pocillo de la mañana como si fuera ya empleado del grán jefe, dirigiéndole la palabra como estimación burocrática al lugar donde cómodamente esperaba ese pírrico nombramiento de Revisor de Documentos II, en lugar del V que cuadruplicaba el sueldo. 







Con muchos ampulosos costeños debió departir Milos inicialmente, la nueva oficina del Murillo Toro.
Ellos actuaban como dueños de la Contraloría en esa feria de vallenatos sin acordeón y organizaban viajes en bus para votar por los familiares del Contralor y devolver favores. 

Como revisor, compartió oficina con Egidio luego, cuando notó que su difícil nombre se conjugaba a la perfección con el apellido Cuadrado, quien era una especie de visitante en lugar de empleado, y podía ejercer “su corbata” sin trabajar. 

Los que estudiában las cuentas, para iniciar investigaciones fiscales o fenecerlas admitían el poder del negrito simpático de ojos verdes que solo pronunciaba monosílabos, hasta que un día habló por él el acordeón. 

En la oficina de Certificación, que servía para documentar el tiempo de servicio para la pensión a los empleados públicos, gastaba la visión con los microfilms cuando pudo Milos sostener una espesa charla con Egidio, la vez que llevó el aerófono; y al enterarse de su gusto por las letras le pidió algún verso para ponerle música. 
Él, menos poeta que contador de historias, intentó algún verso cojo para el vallenato. 

Egidio Cuadrado luego, tocó el acordeón con melodías a su provincia. 
Milos logró escribir las suyas en sendos libros. 

A finales de los noventa asistió Milos al estadio de Neiva para escuchar elevar con su acordeón el nombre de otro costeño, un familiar de los políticos de Gaira, “ el gallito Ramírez”, tan mentado por el apellido Vives de su tío en tiempos de Carlos Lleras.
Llevaba su libro de portada azul, iluso. Con la certeza vana de intentar pasarle el libro luego de haberlo aplaudido a rabiar. 
Nunca volvió a encontrarlo. 
A Carlos Vives muchos años después, en un almacén de tecnológicos cuando se acercó para darle una selfie a su esposa, le refirió su leve encuentro por la vida con Egidio Cuadrado y le envió saludos. 

Hoy falleció a las tres de la mañana al parecer de una recidiva de Covid 19. 
Su escasa voz de apariencia tímida, será amplificada por siempre por las notas de su acordeón. 

Milos escribe desde las sillas de espera de su EPS, mientras de reojo aguarda la aparición de su nombre en el monitor, para la toma de una muestra de sangre que acelerará o detendrá su gusto por las letras o el arte.  

Marco Polo. 

Altillo de Vilanova 
Bogotá D.C.
21_ 10_ 2024.

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