COCINAR, UNA NOVELA.




Italo Calvino en su póstumo libro,Lecciones de América Latina: seis propuestas para el próximo Milenio”  al exponer la novela como “enciclopedia, como método de conocimiento y, sobre todo, como red de conexión entre los hechos, entre las personas, entre las cosas y el mundo”, cita a uno de sus paisanos contemporáneo, CARLO EMILIO GADDA por ajustarse a ésta filosofía de la sucesión causal, y encuentra en su receta culinaria para elaborar el risotto a la milanesa, la obra maestra para la prosa italiana y la sabiduría practica que vienen como anillo al dedo para sus explicaciones.
Entonces pensamos, que de verdad cocinar una novela y elaborar un risotto tienen su método y comparamos nuestro  gusto a la elección de las palabras y el color y la música, los ingredientes y la supuesta “técnica”  que el tiempo va elaborando en nuestro estilo, hasta la concentración final de un toque secreto que se hace personal, diferente, y pese a que se constituye en el mismo cuento de la abuela al elaborar su arroz, hace que el agregado propio y el tiempo que se gasta en la cocción aporten el regusto exclusivo del autor.
Lo anterior para justificar mi deseo de aprender a elaborar “un risotto” y una novela que entrañe la real tradición italiana venida desde los confines de oriente, con el viajero del cual llevo el nombre y del  cual pude buscar y encontrar su rastro en Venecia en la primavera del año diez de nuestro siglo, en la Corte y “Osteria del Milion” cerca al puente de Rialto, donde Lis pidió el famoso risotto oscurecido por el calamar en su tinta, que con los copertos, el treviso, el secondo piatto, y el vino bianco no lograron aclarar el precio de 41 euros por el almuerzo.
La elaboración de éste pequeño poema llamado risotto, por el aludido paisano de Italo Calvino dice al inicio:

“La preparación de un buen risotto alla milanese requiere arroz de calidad, como el tipo Vialone, de grano grueso y relativamente más robusto que el Carolina, que tiene la forma alargada, casi como de huso. Un arroz no trillado completamente, es decir, que no haya sido despojado del pericarpio, es el favorito de los entendidos piamonteses y lombardos y de los mismos cultivadores para su cocina privada. El grano, si se mira bien, se ve aquí y allá cubierto por residuos desgarrados de una película, el pericarpio, a manera de traje lacerado color nuez o color cuero, pero delgadísimo. Cocinado como se debe produce excelentes arroces, nutritivos, ricos en aquellas vitaminas que hacen insignes los granos tiernos, las semillas y sus cáscaras veladas. El arroz a la campesina queda particularmente exquisito con esos granos, pero también el risotto alla milanese: un poco más oscuro, es cierto, después y a pesar del áureo bautismo del azafrán”.
Este es el comienzo de mi primera receta del risotto, que de investigarla, me remitió a restaurantes colombianos con el nombre de “La divina Comedia” en plena zona G. de Bogotá, también a un poema suelto dedicado a ésta forma exquisita de elaborar el arroz:
Risotto e un poema.

Del riso a noi c’importa poco e niente.
Sappiamo che proviene dall’oriente,
ma il risotto, che tutto il mondo ammalia,
è nato qui da noi: proprio in Italia.

Cucinalo per bene, il tuo risotto.
Giralo, che se no si attacca sotto.
Abbi cura che sia compatto e sodo,
altrimenti – che orrore! – è riso in brodo.

Controlla. La forchetta non sta in piedi?
Allora non è denso quanto credi!
Carnaroli, Vialone, Arboreo, Baldo
ti daranno un risotto bello saldo.

Assaggia: non è crudo, ti par cotto?
Se c’avevi un problema, è già risotto! 



En un texto de “Abel González publicado en el Tiempo, relaciona ciertas experiencias de Borges con la mesa:
“Una vez, cuando tenía diez años, Borges le contó a doña Leonor Acevedo, su madre, el increíble descubrimiento gastronómico que había hecho cuando se quedó a comer en la casa de un chico amigo, cuyos padres eran italianos. Como plato principal le sirvieron unos pastelitos de masa, con un relleno muy raro (son sus palabras), bañados con salsa de tomate y queso rallado. Ese día del año 1919, Borges probó los ravioles por primera vez y le parecieron algo exótico, a lo que nunca pudo acomodarse. En una ocasión Horacio Quiroga, muy amigo de la familia, le hizo probar un risotto que logró entusiasmarlo y lo apartó durante un tiempo de su dieta habital de carne asada. En una entrevista que le hizo Daniel Frescó, Borges le confío que por esa época (la del risotto) el autor de Cuentos de la selva era una persona muy molesta, que andaba como un loco montado en una motocicleta ruidosa que era una guarangada . Al final le confesó al periodista que los cuentos de Quiroga no le gustaban para nada…”
Pero la búsqueda nos lleva luego hasta la noticia, de que la alta cocina se tomará los cines y que en lugar de la bolsita tostada de palomitas de maíz y su fastidioso roce al comerlas y tomar gaseosa se incrementará:
“Sentando un peligroso precedente que puede crear tendencia, las salas Odeon del centro comercial Whiteleys en Londres van a empezar a ofrecer a sus clientes la posibilidad de cenar mientras ven la película (sí, no se está hablando de bocaditos chatarra o un refresco en vaso de plástico; se trata de cenar). ¿Cómo lo hará? El público pulsará un botoncito en la silla para llamar al camarero, pedirá y será servido durante los anuncios y trailers previos al filme.
Después, mientras Leonardo DiCaprio, Scarlett Johansson o Tom Cruise deambulan por la pantalla, sea comedia o tragedia, los espectadores degustarán un risotto de salmonetes, una hamburguesa royale, unos calamares fritos o un solomillo de ternera.”
Comer risotto mientras vemos a Silvana Mangano sembrar el “arroz amargo” de Giuseppe de Santis corriendo el riesgo de una indigestión, es muestra clara de la acertada tesis de Italo Calvino, que relaciona al hombre, con los hechos, las cosas y el mundo y sobre todo con la forma de cocinar. Un poema en la cocina, otro frente al teclado, con olores, sabores, colores y música que funde en una gran enciclopedia personal el palimpsesto del mundo. 
Entonces, al editar el video de la receta, en un nuevo formato con sabor a cine, experimentamos la expresada causalidad entre todas las cosas y pienso en la validez de publicar en “Literatura y Mistela” mi precaria experiencia de chef provinciano, mientras el final de "Armas de juego" se cocina en los últimos capítulos de su jugo:









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