domingo, 30 de agosto de 2015

LA NECESIDAD, EL MIEDO Y EL GRITO DE SILENCIO DE LOS ANIMALES

                     




                     https://www.youtube.com/watch?v=XnICYNrkK-8&feature=youtu.be









La novela de Leonardo Padura que acabo de leer se ha vuelto para mí el tónico del recuerdo y el grito reprimido de unos años en que debí permanecer callado también, con una gran cantidad de documentos vivos en video, sobre la realidad cubana, que solo veinte años después me atreví a editar y que titulé “Cuba se desmorona” en una modesta película.

Eran los años noventa y cuatro, del siglo pasado, cuando visité Cuba, por mi aún solidario sentimiento a su pueblo sufrido y por la extraña certeza de ir al encuentro de un monstruo moribundo al que había dejado de temer y creer, gracias a la literatura y  al muro de Berlín que había caído en la cabeza de muchos obtusos.

En ese oscuro noviembre no solo grabé en el recuerdo a sus gentes miserables, arruinadas por el disfrute de unos cuatro poderosos, que le imponían a los hambrientos “la dictadura del proletariado” y que representaban una vez más, a Stalin el criminal, con el cuento de la igualdad y la promesa de un cielo similar al que los curas cristianos nos impusieran con espejitos.

Grabé, una pequeña película que tan solo pude llegar a editar veinte años después, no se si por el rescoldo del dolor que se alojó en mí los siguientes años y que duró todo ese tiempo, o por una siniestra solidaridad a ultranza que tenía que ver con el temor y el silencio.
Ese silencio que precisamente aquel año aún se imponía a los cubanos que se atrevieran a pensar diferente. Sus gentes muy por debajo de lo humilde, me obligaban a compararlos  con el perro de pedigree que grabé en la calle, caído en desgracia, que me persiguió por esos años y que  hace cola con los demás desgraciados ante una tienda sin artículos para expender en la tarjeta de suministros, similar hoy a la de los venezolanos.

Era tal la silenciada miseria del cubano, que por las noches mientras tomábamos su ron y caminamos por el malecón con el deseo más de la brisa y la libertad que del arrobamiento etílico, nos asaltaban seres oscuros con cajitas de cartón reutilizado y dentro, solo protegido por una película de plástico, el delicioso arroz que debió ser “ropavieja” con frijoles negros y cuadritos de cerdo crujiente. Una comida extraordinaria provista por clandestinos sobrevivientes de la oscuridad, que recibían los escasos dólares de su precio, con premura y temor y desaparecían en el mismo silencio opresivo para ésta gente ruidosa y tropical.
Al taxista que me llevó de regreso y que teníamos contratado para pasear por la capital y luego visitar Varadero, le pregunté ¿que pasaba? y el me respondió que era prohibido vender a los turista comida y menos ganarse de forma negra unos dólares. Porque aún no se “abría la economía a esos misérrimos paladares burgueses”.
Injuriado por su respuesta callé, pues aunque era delgado, diferente de la policía de Castro, que aunque de civil, no podían dejar de permear siempre la obesidad como muestra de poder, de policía secreta, de informante, de espía ruso adiestrado para el trópico en medio del hambre, como el actual presidente de Venezuela.

Pero durante los siguientes veinte años, por fuera de admirarme de la heroicidad del pueblo cubano, no tanto por defender el régimen, sino por lograr sobrevivirlo, silenciado por su propio gobierno, con tan solo su hambre y flacura, me pude preguntar hasta donde llega el pueblo para burlar a sus carceleros.
Y fue tomando figura un interrogante sencillo,  cuya respuesta era todo el pueblo oprimido que vendía comida clandestina a los turistas por el dólar.
El interrogante tenía que ver con otro grito.
Cómo hacía ésta pobre gente para acallar también el chillido del cerdo, que por las noches sacrificaban y freían para vender a los turistas.

LEONARDO PADURA un valiente Cubano, antes que volverme a mi época ilusa e ingenua de adolescente militante de izquierda en la provincia, recordando todos los matices de la historia de la revolución y del asesinato de Trotski y con él, de la última utopía sobre la soñada igualdad de los hombres, me ha llevado a solucionar esa pregunta que siempre llevé conmigo en la intimidad, por veinte años.

¿Como hacían los cubanos del 94 para que Castro no escuchara el grito, el chillido del pobre cerdo sacrificado?

Hoy el escritor cubano, me ha dado la respuesta  en su novela histórica: “El hombre que amaba a los perros”  Y de paso, en forma extraña me ha reafirmado ese silogismo popular que no es un aforismo de Lenin, y que se confunde con el rostro de una mujer miserable con ojos de odio y luego, en el recuerdo, del can que espera algo de los que hacen la  cola: “La necesidad tiene cara de perro”.

La novela es un cuento largo que va de los textos biográficos o de  historia rígida y seria, a la maleable y probable palabra de un hombre que aparenta haber conocido una historia de oídas.
La historia real y macabra de un verdadero líder borrado por la propaganda  comunista, de la que también fuimos testi de auditu, y llegamos a tenerlo como el hombre malo de la revolución, por allá en el año 74 cuando en Neiva no teníamos otra esperanza que intentar la revolución, porque estábamos en la miseria.
Habla de la historia de un hombre que la “revolución” quiso callar y calló también como a los cerdos de la Habana.
De Trotsky, cuando a lo mejor era y fue el único que pudo haber mediado para que no cayera ese muro que aplastó la última de las utopías de la igualdad humana, repito, pero que nos permitió  ver el rostro de hiena,  de ese oscuro y atrasado soldado campesino que fue Stalin. Matón y farsante, que se levantó sin ningún rubor sobre la sanguinolenta carne de sus copartidarios y amigos de revolución.

Es posible que el final de la novela no sea lleno de toda la justicia que éste libro merece.
Es probable que el escritor que se hace personaje y víctima por el miedo a su gobierno y a países que tomaron a pecho la ideología y fueron volatilizados por sus egoístas líderes más podridos y desviados que un enfermo mental, no merezca otra cosa que un verdadero viaje a la toscana.
Pero lo cierto es que antes de la desgracia del autor narrador, personajes y víctimas, estaba bien, el recuperar la verdad de la infamia, de la criminal y devastadora insania contra lo humano, propuesta por un insaciable carnicero como Stalin, al procurar la muerte de  mas de veinte millones de sus propios correligionarios y judíos, peor que la misma acción carnicera de su gemelo Hitler.

Esta historia apocalíptica de la utopía socialista de la cual fuera sepulturero Stalin, para el futuro, va unida al sueño del hombre engañado por sus propios líderes, que solo ansiaron robustecer su ego y levantar sus propias estatuas a nombre de los pobres que jamás llegaran a los altos estrados del poder.
Es además el esclarecimiento del por qué la utopía de la revolución española fue traicionada además por el ruso y de cómo se rifó el poder  y en el mundo se erigió  el mayor imperio con base en el MIEDO, en Rusia y en Cuba.
Ese miedo que hoy pretende reproducir en  Venezuela un salvaje que no conserva en sus ideas sino el mal olor del calzado de Trotsky.
Éste, elevado al portal de los héroes producto de sus miserables crímenes y detenciones a la oposición, sólo deja tirado a los lados esos crédulos humanos. Su único mérito es convertirse en hiena para conservar un ismo, una aparente ideología, un ego, una dictadura donde el de arriba es el único que disfruta pisando sobre la cabeza del pueblo, y la de pobres colombianos de la frontera.

Me causa alegría que un cubano sea capaz de traer ésta historia a colación debiendo rodearse del subterfugio de la ficción, cuando el autor de lejos, se lee, es también víctima del absurdo llamado revolución, como lo subraya.
El cuento pasa por las inimaginables creaciones humanas para la sobrevivencia, como la de ser un Veterinario, Literato, que casi no existen en nuestros lares, para burlar el hambre y prepararse “una aromática de hojas de naranjo” a falta de café, para despistar el hambre en el país mas homofóbico del trópico.
Y pensar que esto estaba pasando en esos días en que visité Cuba y que una de aquellas noches no pude reprimir el dolor, y terminé cantando por sus calles La Marsellesa rumbo al hotel, como si hubiese intuido que ese pobre pueblo, ahora, estaba necesitando esa otra vieja revolución de la libertad, igualdad y confraternidad.

Pero la gente desbordó el miedo frente a la necesidad y el propio gobierno apoyó a los balseros para que escaparan del país del imposible y hasta permitió la existencia de “los paladares clandestinos”, luego, cuando estaban llegando al Sálvense quien pueda, para escapar  de la utopía vuelta mentirosa heroicidad y sufrí por los cubanos hasta que me atreví a realizar la pequeña película viendo como se caía en pedazos su patria y la película la denominé CUBA SE DESMORONA.

Luego en el año diez de éste siglo, pude besar a Lis frente al muro donde Leonidas Breznev besa a Erich Honecker en Berlín. Y con la certeza que ello me aportara, dejé el temor reverencial a la izquierda y me impulsé a escribir una historia sobre nuestra leve militancia en la tierra opita, para reír un tanto de nuestra ingenuidad, por haber llegado a creer en esa ideología que tenía el ODIO por motor del hombre, del cual fui inoculado en la capital del Huila, de la que huí una vez, a estudiar en una Universidad Libre de Bogotá donde no me alcanzara la mano de Stalin. Porque con los animales de nuevo, entendí que “la militancia es disciplina para perros”, como repetimos en estos días con Jairo Ramirez el historiador, otrora militante de la URS.

Ahora, vuelvo a Leonardo Padura el que develó el misterio de cómo acallar voces de cerdos en su país y de manera humilde me cuenta:

El escritor veterinario de su historia, en trueque cambiaba en el campo, su servicio a los animales, emasculando perros por mangos, y gatos por café, haciendo disímiles cirugías a raquíticas mascotas por plátanos.
Entonces el asombro me llegó cuando cuenta en su novela, que como especialista empírico, era quien operaba las cuerdas bucales de los cerdos que se venderían en la Habana.
Para que Castro no escuchara su chillido mientras eran sacrificados.
El grito de silencio, el miedo que los cubanos se tragaban en  ese año 94.



Marco Polo
Altillo de Villanova
Bogotá Agosto 30 de 2015.






lunes, 24 de agosto de 2015

SAN AGUSTIN UN MISTERIO EN EL HUILA.

                                       
                                       




SAN AGUSTIN
No es la sensación ceremoniosa y respetuosa de un cementerio.
No es la tristeza obligada de una oscura despedida en la boca de la fosa.
Es la emanación de cierta energía en el aire, de un contacto con algo familiar.
La recuperación de un paraíso ignorado y perdido antes del amanecer de la vida,
en la humedad bajo la tierra y la alegría en cada hoja, en cada árbol y cada pieza de césped que vamos pisando.
El viento puede ser atronador si se lo quiere capturar,
Pero su voz real sin espectro, nos va indicando hacia el cielo, un azul eterno con su adición de nieve presentida.
Entonces recuperamos una parte de la infancia del mundo.
Sonrisa de quena que danza por el bosque impasible, detenido en el tiempo,
Esperando nuestra llegada.
Muy allá se eleva un águila y se pierde al cegarnos el sol.
La armonía se confabula para hacernos parte del misterio.
En cada paso vamos descubriendo los ojos sin venda del pasado.
Nos une al color del aire una blanda mano de musgos palpitantes.
El olor de la fronda es un perfume que conocimos en la infancia,
una madre que nos lleva a su regazo
y nos ronronea abejas al oído,
y nos vamos identificando con todas las razas del mundo.
Los Ptolomeos aparecen en la dura piel del sabio,
Un hindú levanta un elefante en la cabeza,
Los hebreos airean con su manto sereno una cábala,
En tanto, los gigantescos barcos de Zeng cruzan el pacífico
con sus  doce velas de bambú,
No necesitamos mas sabiduría  que la del cielo y la tierra y el aire y el fuego porque estamos donde nace el agua para el mundo,
Es el centro de la vida que palpita y llama con su sabia paciencia.
Cada toba vuelta Dios nos va contando su historia.
Y la entendemos tan nuestra como el sabor de la saliva,
en el lenguaje sin palabras del volcán dormido,
en el  mirlo que subraya el cedral,
queremos llevarnos su fresca energía vegetal
y descalzos  dialogamos con el universo
y  las voces nos llegan con el viento
y tienen cuerpo y sangre de obsidiana
ojos rasgados y cabello chino
que se parece a una mujer vuelta flor,
que nos quita la necesidad del hambre
y nos transforma en jaguares mansos y en
orugas que roban colores a la andesita del bosque
para volar.

Hemos comulgado su abrazo de melodía,
Ya podemos regresar al ruido,
Y soportar otros mil años
Hasta que el grito de otra cigarra,
maldiga el cemento  y el rechinar del odio.


Marco Polo
Altillo de Villanova
Bogotá D.C. 2.012

lunes, 17 de agosto de 2015

PASION E HIPOCRESÍA DE UN ESCRITOR


Desde el blog Tacuinis de Marco Polo de hace varios años traigo éste.





Acabo de ver "LA ULTIMA ESTACION" en DVD. Una tragicomedia, basada en la novela de Jay Parini, que no he leido, sobre el último año de la vida de León Tolstoi.

En la Rusia Zarista para 1910 se cocinaba el germen de otra sociedad.
Tolstoi, primer escritor clásico y mediático a la vez, pudo haber influído positivamente en la revolución que se avecinaba pero al final de su vida, resuelve que es mejor ser un Santón, que un simple escritor clásico, o que aborrece la propiedad privada, pero la detenta.  Que abandona la escritura para erigir una religión. El Tolstosianismo. Dice no matar un mosquito, pero puede llegar a eliminar a su esposa.
O repugna del sexo cuando ha ejercido la desmesura.
A todas luces, el grán conocedor de las pasiones, cae en las redes de los humanos, como una simple marioneta. Se hace un gran hipócrita de su sapiencia y confundido en su clarividente senilidad, coloca en la balanza a su esposa Sofia y al mercachifle Chertkov que oficia como su intimo amigo y se debate entre estos dos amores.
La historia, es una historia de amor.
Del amor de un par de jóvenes y el amor de una pareja senil.
De la contradicción de la grandeza y la mezquindad del hombre.
De lo falso que es no practicar lo que se piensa.
Del poder y la decadencia.
De lo ideal y lo real.
Del genio y el insecto que existe en el escritor.
Es de una calidad y apasionamiento el manejo del personaje escritor, su idea, su locura y el amor; que se toma partido por alguno. O por los dos.
Lis, mi esposa no pudo evitar las lágrimas.
Yo le pregunté a favor de quien iban dirigidas.
En el fondo una frase resumió su respuesta, la que manifestaran los personajes en uno de sus parlamentos:
Dice Leon, "¿Por qué tienes que hacerlo tan difícil?
A lo que ella contesta: ¿Por qué debería ser tan fácil?
Yo soy la obra de tu vida y tú eres la mía" agrega Sofia.
No es otra cosa, es el amor de pareja.

Rodada en Sajonia, Turingia, Brandemburgo, está interpretada por verdaderas estrellas:
Christopher Plummer(El Dilema, El sonido de la musica) como Tolstoi, la ganadora de un premio de la academia Helen Mirren(The Queen) como Sofia, James McAvoy(Expiacion: Mas allá de la pasion) como  el secretario privado de Tolstoi, Valentín que llega a ser personaje principal. El nominado a un premio de la academia Paul Giamatti(Entre copas), como el comprometido, interesado y doblemente hipocrita Tolstoiano Chertkov. Anne-Marie Duff, la hija leal del escritor y hiena de su madre, Sasha  y Kerry Condon, como la enamorada de Valentin, Masha.
La dirección está a cargo de Michael Hoffman.(Sueño de una noche de verano, Un día inolvidable, Escándalo en el plató, Restauración) 
Marco Polo
Altillo de Villanova
Bogota.

viernes, 7 de agosto de 2015

LA FINITUD



DE UN MURO






“Mi Sangre”, Walter, “Camaroneis”, tres personajes que me traen de nuevo a la memoria la desfachatez del candidato gringo, rechazado por los latinoamericanos que deseamos nuestros países libres de visados y sin talanqueras que nos separen de la realidad. 
Por ellos, ésta reflexión.

El primero es un hombrecito de sesenta y seis años, magro, negro no en el sentido peyorativo y sí mucho mas oscuro por su exposición diaria al sol, quien admite haberse preparado para éstas lides, en las largas caminatas entre Tierrabomba y Aguachica para rebuscar algún dinero para el diario. Compara su vientre plano, con mis chocolatinas rellenas de arequipe. Ese es su argumento para que no me resista más a admitir que me traiga hasta el lugar de la tumbona del hotel donde pretendo leer, una cerveza que aporte menos calorías, luego de haber consumido las que suelo llevar a la playa.
Acepto, pensando más en colaborar a su labor_ de la que no baja bandera aún_ que por necesidad, luego de ubicar al lado del murito de sesenta centímetros en mármol pulido sobre la playa, su cajita blanca de icopor donde conserva con hielo algunas bebidas enlatadas.
A todos sus clientes se dirige como “Mi sangre”, así lo conozco hace varios años.



Walter, es el vendedor de almuerzos que también se acerca al muro que nos separa de la playa frente al hotel y desde allí pretende competir con los precios del resort, que hace dos años procuró imitar sus platos rebajando un tanto su precio.
A casi todos a quienes conoce hace unos quince años, les ofrece el sancocho, el pargo, la sierra, el lebranche, o a media mañana la arepa de huevo, que en alguno de esos años en que fui de vacaciones, llevó en su reluciente bandeja,  hasta el lugar enmarcado por boyas frente al hotel donde solemos tomar el baño de mar, presumiendo ante otros bañistas de tenerme como su amigo y de provocar a los posibles compradores con su elemental marketing de patacón tostado recién salido de la paila.
Ahora es un desplazado por los nuevos hoteles que se levantan sobre los otrora lotes de engorde, donde como un invasor sin violencia, colocaba su toldo azul para las mesas y la cocina. No quedan lotes y debió ubicarse por detrás de los hoteles, cerca de la carrilera del tren carbonero.



El “Camaroneis” cuenta que adoptó su nombre por imitación de un viejo turista que le habló siempre en Francés y ante el hecho de no haberle entendido más que por señas, resolvió renombrar sus productos y sus servicios con una sílaba final en cada palabra, que se pareciese en algo al sonido de aquel idioma, por tanto de él se escucha al otro lado del murito, cuando pasa vestido en su totalidad de blanco; incluso sus zapatos y sombrero lo son y hasta su chaqueta de dril, cuando grita pausado: “Camaroneis, Cevicheis, qué quereis”. Luego ante el comprador elabora un elemental acto de malabares con los limones y los cuchillos y va preparando el ceviche con una extraña alegría que refresca su sudor.

Esa mañana quise recordarlos para éstas líneas, sobre todo al ver que el vigilante, vestido de azul y gris, que se desplaza a lo largo del murito amarillo, ha recriminado al vendedor de “salidas” por haber ubicado su mercancía sobre el mármol. Ante la negativa inmediata del vendedor, ha llamado a la policía para que lo expulse de la playa, pese a tener su chaleco con el permiso respectivo. Muchos se han arremolinado en torno a él, alegando que la violencia no trae más que violencia. Otros que esa es la condición para trabajar allí.

He entendido que debió ser una tutela la que obligó al hotel a meter las carpitas de playa dentro del muro y debemos cruzar la totalidad libre de la playa para bañarnos, porque los hoteleros hablaban de “playa privada” y éstas no pueden ser más que públicas.

No voy a dejar de admitir que los vendedores ambulantes, así faciliten su crediplaya  y sus pequeños relatos, nos resulten a veces distractores al momento de intentar leer alguna página. Pero es de igual manera, o peor, el golpeteo de la música urbana conque hacen aeróbicos a nuestra espalda los recreacionistas del hotel.

Sin los vendedores de playa, el paisaje estaría al otro lado de la realidad.
Con ellos llega a nosotros el rumor de historias de paisanos colombianos que deben rebuscarse la vida a diario y nos recuerdan de qué estamos hechos.

Así sea el ofrecimiento de los masajes por parte de una aparente, lujuriosa negra, que danza una champeta frente al turista acostado bajo una palmera y se hace acompañar como señuelo, de una joven que ofrece igual producto con descaro frente a la esposa del probable seducido. O las que quieren hacer las trencitas, o quienes venden las gafas, sombreros y cocadas y que tienen cada uno su enseña de venta:
“Cocadas light con splenda”. “Gafas triple A, más originales que las originales”. “Préstenoslo para hacerle la sobadita”
O los pescadores que cuentan cómo un Chileno, pidió crediplaya, mientras iba a la habitación y su compañero se reía de él, cuando supo su procedencia y al pasar el avión le dijo: “Ahí van sus cincuenta mil. ¿Como se le ocurre fiarle a un chileno? Si ellos inventaron el paquete”.

Los  que aun  detentan un castillo en el corazón, un señor feudal en sus sueños, van delimitando con muros, pequeños o grandes como los de los israelíes para humillar o para lamentarse, o el infame que separa a los mexicanos, o éste para separar a los vendedores de playa, como si no lleváramos la impronta de su realidad al mismo lugar de arena, donde nos cobija el sol por igual.
Es la esperanza de volver al viejo continente, derruido el muro Shenguen, con dignidad, sin tener que soportar la discriminación, viendo como la sabiduría del mar nos marca los centímetros que va subiendo en las noches, por el recalentamiento del planeta, abriendo brecha pese a los muros de arena, para recuperar lo suyo, hacia dentro del resort con nuestros muros de egoísmo y prepotencia.
Para recordarnos que hasta las estrellas son finitas.

Marco Polo
Altillo de Villanova
Santa Marta-Bogotá
Julio 29-Agosto 2 de 2105.