viernes, 25 de noviembre de 2016

El oficio de la introspección

Texto leído en la Tertulia Literaria del Club de Ejecutivos de Bogotá









No siempre los títulos de los libros son el libro.
En este evento el ejercicio de repensar el país y hacer introspección. ( Como dijeron los griegos y se tradujo al latín: Nosce te ipsum).
Introspección de la patria que se lleva dentro, con el decurso de los años, nos permite sintetizar en una frase, un verso, un sonido, algo que nos signifique el todo. Así como nuestro propio nombre de pila puede resultar de impacto como lo dijo algún locutor, también lo es el nombre de la novela para quien tan solo ha visto la portada del libro, porque como decía nuestro amigo Fernándo Soto Aparicio: “Sabemos lo que son las armas de fuego: las que hacen la guerra y siembran la desgracia   y la violencia. Pero, ¿las Armas de juego?”

ARMAS DE JUEGO es el resumen que tengo del país y de los colombianos. Y como decía describiendo el título, el catedrático Joaquin Peña Gutierrez, se trata de una paronomasia, del cambio simple de la F por la J, para que el mundo de la palabra se trastoque y cambie de forma rotunda, por el mundo ficticio donde viven los personajes.

Los que crecieron en medio de la violencia. Los que crecieron con carencias emocionales. Los que no conocieron siempre el amor, sino la segregación y el desarraigo que propició el odio. Los que se inhibieron para abrazar a otra persona o decir “te quiero”, los que no quisieron perdonar nunca, subyacen, están pintados en el titulo de éste libro, porque hasta en los primero juegos de su infancia, sus juguetes fueron armas, creadas o fabricadas por cada uno de los infantes colombianos.
Es decir, sus armas iniciales querían y estaban dirigidas a ser las de FUEGO, pero simplemente en la infancia eran juguetes tomados de la realidad nacional que a la postre siendo de juego, tenían todas las posibilidades de crecer y hacerse las odiosas ARMAS que cercenaron por mas de doscientos años la vida de los colombianos.

Pero las ARMAS DE JUEGO no se quedan allí, se hacen un libro con toda la memoria histórica posible, de los años en que comenzó a formarse el grupo guerrillero mas notable del país que hoy pretende firmar la paz.
Como novela, los personajes sienten que en su cotidianidad se atraviesa la muerte, el odio, el desarraigo y el abandono.
Que las experiencias deben ser las que curen la falta de ilustración del infante.
Desde sus años mas tiernos los personajes deben ir explicándose las sensaciones y los dolores de la carencia.
Y la vida sigue y los personajes se aferran a ella para procurar crecer con el mínimo de seguridad que da el desamparo.
En la historia no existe el llanto o al menos la quejumbrosa voz suplicante, porque el colombiano está facturado de un acero tan poroso, por el que se infiltra la mínima alegría, esa sonrisa que logra sellar muchas veces las llagas del dolor y sin ser magia, si tiene las propiedades curativas para paliar el desamparo. El colombiano ha aprendido a reír de lo macabro como salvación.

Otro aspecto será la FORMA del libro, que también es un juego entre tiempo y espacio.  Entre la mecánica cerebral del recuerdo y su símil, con lo virtual, que propicia la fractalidad de la novela.
Como la forma procura el envase de su propio contenido, cien historias fracturan el tiempo lineal.
Con la apariencia de permanente solución de continuidad, se reinicia y encabalga en la historia siguiente o en el capítulo que lo enuncia.

Elude el primer canon expresado por los clásicos, o al menos por los estudiosos desde el nacimiento de la novela: El de contener una sola  historia con su tiempo unido a ella.
En Armas de Juego, lo único exclusivo es el instante del recuerdo que no es una sola historia.
Allí caben todas las historias en el último segundo de un hombre, que no tienen la finalidad de salvar cada noche la vida de Scheherezade. Su finalidad es la de recuperar la memoria de un personaje lleno de olvido. De recuperar con él la memoria del lector. Y hacerlo preguntarse si se conoce a sí mismo.
Entonces, el lector es fundamental para el escritor y debe hacerse cómplice de quien digita la novela. Este le permite ir armando al mismo tiempo, esa historia única que exigen los cánones. Pero la vida que palpita y se hace ficción al ser recreada desde el recuerdo, va tejiendo con tenues zurcidos la unidad de la exigida única historia. La que al final sale a flote en su totalidad de veinte años contados.
¿Y esos múltiples recuerdos, son reales o fictos?
El recuerdo como tal, de ninguna manera puede ser considerado real, dado que son sólo pequeñas briznas de algún tópico, que al salir a flote desde el cerebro, deben ser recreadas y con ello se está enunciando que se debe realizar una nueva elaboración, que no podrá ser cotejada con el “archivo” anterior, porque éste se ha convertido en una nueva versión de la historia inicial.
Lo dijo Borges casi refiriendo lo fractal de un libro: Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”
Luego lo repitió nuestro primer nobel, al admitir que “ La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.
Con ello se idealiza el uso del recuerdo en la recuperación de la vida y valoriza de una vez por todas el peyorativo concepto de quienes creen que si se cuenta un recuerdo, se trata de “vivencias” para demeritarlo, como si aquellas no fueran acaso parte de la misma vida, perdidas por ahí cuando no se han recuperado y que no deben ser pecado para el autor, cuando es de lo único que en el fondo puede llegar a contar.
La masividad de las redes sociales ha permitido en cambio, negar la importancia de la introspección, como si el “conócete a ti mismo” fuera lo banal y no las falsas noticias que distribuye el Facebook dotando de una irreal igualdad al que opina.



Ahora bien, en Armas de Juego, novela dirigida a niños de cualquier edad, con el tratamiento de la primera o segunda persona en forma adrede, busca la interacción con el lector. “A veces la historia novelada de Armas de juego se susurra al oído del lector, en primera, segunda, tercera personas. Nos dice las verdades literarias, que no son más que las del tiempo de este tiempo”, dice de la novela Jorge Eliecer Pardo. Y con ello sólo se busca la interacción con el lector, la de llevarlo dentro de sí mismo. Se lo toma de la mano y se lo hace parte de cualquiera de los personajes y cuando asume la historia como propia, sin dar solución a todo el asunto, le permite discernir sobre lo que está leyendo, que es sobre su propia vida:
No es un libro facilista, de esos que se contentan con una anécdota llana y aséptica sociológicamente. No. Es un libro digno de leerse por cucharadas: un fragmento, cerrar el libro y hacer una reflexión. Ahí está el sentido de la buena literatura. No avanza rápido como tantas novelas-guión, no te atrapa con datos escondidos. Juega con todo, lenguaje, palabras, estructuras, tiempos y gemelos, novias y amantes, asesinos y bondadosos”.  Y Culmina así  la nota de Pardo: “Armas de juego, un texto para largos viajes y lentos amaneceres”.

Porque la intención es permitir al lector ingresar con el autor en la peripecias y dolores del libro que son las mismas suyas, inducirlo a su auto voyerismo, para que participe además, de la vida interna del libro y para que a la usanza griega haga la catarsis o realice ese “nosce te ipsum” el “conócete a ti mismo” que sanará las heridas comunes de los colombianos.
Es un libro para la paz. Para considerar la desaparición del otro y perdonarlo al final.

Para recuperar la fe y tender la mano sin permitir el olvido del pasado, que nos aporte las raíces para el  presente. Las que nos permitan descartar lo banal del siglo XXI, y nos quite la ilusión de que una sola frase en el Twiter, nos está dando el estatus de filósofos.

Marco Polo
Altillo de Villanova
Noviembre 6 de 2016
Bogotá D.C.





domingo, 6 de noviembre de 2016

A TRUMAN:

Lealtad para Perry Smith







Con la evidencia de la actual homofobia nacional que ha tumbado un plebiscito,  regresa a mi recuerdo aquel atisbo velado de la infancia. La predisposición a copiar costumbres e ideologías, éticas y políticas como las del rechazo a los afeminados en los cincuenta, cuando ellos mismos con sus actitudes, denotaban no solo la inseguridad del ejercicio de su contrariado sexo, sino cierta exigencia de lealtad hacia los mismos homosexuales que  invadieran sus hábitats y su extraña forma de pelear sus dominios, con la chillona voz de la época y cuchillas entre los dedos, para rayar al enemigo o enemiga, (Aquí si vale la inclusión de género) por la espalda.
Ello proyectado desde la relectura de un viejo libro.

Confieso que hoy defiendo su derecho constitucional, como la paz, y estimo la valentía de nuestros Vallejo y Álvarez, escritores de profunda visión humana y atrevida pluma, que critican además, las posturas amaneradas y aflautadas  de ciertos elementos de colegaje, o la carencia de la primera persona en ciertos escritores, que los hace “dioses”.

Entre la literatura y el cine, he podido ir reconstruyendo un tanto, la volátil personalidad del autor que se ufanaba de ser “alcohólico, drogadicto, homosexual y genio”.
El trecho de vida, al lado de su colega Harper Lee, la de “Matar un ruiseñor” y la película de su biografía, representado por el recién premiado y fallecido actor Philip Seymour Hoffman, que también junto a Marilyn Monroe en la película y en la vida real frecuentaban The Factory de Warhol y vivían toda un época de excesos y libertinaje.


No puedo reprimir mi ejercicio personal, al recordar que en los noventa cómo, el ya nobel, tenía abiertos todos los procesos penales que quisiera, sin reserva de sumario alguna, cuando el suscrito que ejercía como Fiscal en Bogotá no podía,  siendo funcionario, acceder a los mismos, sino mediante una providencia legal que ordenara la respectiva inspección judicial. Así fue como experimenté, que nuestro escritor pudiera relatar uno de sus libros menos merecidos, “Noticia de un secuestro”, que contó con la felicidad mediática, para contribuir a la virulenta adquisición por los ávidos lectores, incluido yo.
Su suerte, la de tener amigos poderosos y ricos desde sus inicios, era desconocida hasta hace poco por mí. Y con ellos pudo acceder a los pequeños y grandes rotativos de la época e ir cultivando la crónica con cuartillas pagadas, que luego insertara en cada una de sus historias que lo hicieron testigo y parte de los relatos que todos conocemos casi a la usanza del autor que hoy estamos tratando de reseñar, y quienes conservaron siempre la distancia de “dioses”, para disimular su fortuna y brillar como los reales genios que fueron, insertados por la historia en su capacidad de seguir los rudimentos de la novela francesa y su tercera persona.
Excepto, en Gabriel García, por su “Vivir para contarla” una de sus mejores obras, donde se vuelve un hombre común y corriente el escritor. Y aquel, “A Sangre fría”, que va y viene como la historia casi presencial del periodista en primera persona, que cae en cuenta que sigue siendo “dios” y vuelve a contar con la voz del otro.

Porque creo, es lo que necesita mi país.
Lectores. Más lectores,  que sean luego más escritores de carne y hueso, que ayuden a recuperar la memoria histórica del pueblo y nos alejen del analfabetismo y que lleguemos a la misma proporción desarrollada de Holanda, donde de dieciséis millones de habitantes, un millón son escritores. Pero repito, escritores que fueron y sigan siendo lectores en lo fundamental.
No necesitamos más Dioses, ni la obligación de seguir arrodillados a dictados decimonónicos. Requerimos la memoria histórica verdadera de cada uno de los colombianos para salir del pasado y en el presente formar el futuro para la paz.




En su novela más conocida, Truman Capote logra la amistad del investigador y la de uno de los criminales, “con quien sostuvo cierta relación”, bajo promesa que al final no cumpliera y  lograr de primera mano, relatos, puntos de vista y fondos síquicos o historias del desarrollo de la personalidad de los asesinos.

Y aún así, de todas maneras no fue atrevido para decir, voy a contar la historia que como periodista pude llegar a oír y ver y sentir. Mucho mas interesante que aquellos capítulos fríos transcritos directamente del sumario. Se nota su temor a delatarse como el narrador actor. Como el verdadero periodista que logramos detectar, pese a su ingenio para esconderse en el libro.
Al menos, para que la novela tuviese  esa personalidad de quien “Vivió” y no naufragar en esa media tinta de saltarín de puntos de vista, entre el yo y la tercera persona, que el autor no logra difuminar.

Para mi, la obra debió ser mas punzante, que éste relato a veces robado al dicho de los testigos directos. Cual lo hiciera nuestro nobel escritor excepto en el prólogo de la citada obra.
Les faltó verraquera.
Claro, Capote reclama para sí, ser “el inventor” de la novela de no ficción.

A Sangre fría” el título de la novela, tiene hoy para mí dos connotaciones, con las que se atragantó mas de una vez Capote al ser interrogado por Perry, su amigo, quien iba rumbo a la horca.
Cuando aquel le preguntara en varias oportunidades por el libro que estaba escribiendo y por su título y su presentación en público que fuera por entregas.
El autor lo engaña. Se niega a admitir que le ha colocado como título, “A sangre fría” como el dedo señalador que dejaría sin esperanzas al criminal.

A sangre fría si obró Truman Capote, para seducir a Perry Smith y crearle expectativas de su ayuda en la defensa y de sisar, desde su escaso relato de confesión, hasta los íntimos diarios que usurpara para escribir la novela. Su ayuda nunca llegó, pero eso sí, fue notorio el fusilamiento de cada una de las palabras del reo ad portas   del cadalso.
Gracias a su sangre fría para engañar a los dos condenados, pudo escribir esta novela, a veces tan helada como su calculo, para que sus áulicos la registraran como la novela real, una nueva forma de la novela para el mundo.

Pese a todo, cotejada la novela con dos películas, la original del crimen, con idéntico título y la mencionada de Hoffman, tengo aún, la imagen del ojo aguado de “Capote” en el actor y el señalamiento que le hace Harper Lee, por haber abusado tanto de la intimidad de uno de los condenados.
Pero repito, el relato carece de la pasión y compromiso con lo humano, cuando el escritor se niega a colocar allí, su yo y su pecado.

Porque si hubiera sido consecuente, debía haber publicado en primera persona “A sangre fría”, pero persistió en seguir usando la acostumbrada tercera persona, para  encubrir lo que al final todo mundo llega a descubrir, cuando en apartes no tiene otro recurso que hablar del “periodista” y procura hacer hablar y usar las frases directas que le aporta Perry Smith.

Esa hipocresía del escritor es la que repugna, su falta de lealtad, la que me ha devuelto algo de la prejuiciosa visión de infancia, la que resalta como actitud no ficta.
Como abogado, cincuenta y un años después, quiero reivindicar a favor de Perry Smith al menos, su derecho a la lealtad, a su intimidad. Falta la confesión del engaño por el amanuense de su crónica.
Defender ese pequeño reducto de derechos, que un condenado también tiene  y que no debieron ser violentados y usados con engaño, por la indolencia de un escritor “dios” de los que no necesita mi país rumbo a la realidad de la paz.


Marco Polo
Altillo de Villanova
Bogotá D.C.
29 de Septiembre de 2016