jueves, 25 de febrero de 2016

UNA DULCE MALDICION

Del Real al cine en casa


Ahí voy una noche cualquiera, a los cinco años, de la mano de mamá.
Hace quince minutos sonó la marcha; que es el pasodoble El dos negro, con el cual a modo de repique, se le pide a la gente acelerar el paso para llegar a tiempo al cine, o para que vayan tomando la ruta de la cama para otro sueño.
Nosotros vamos al encuentro de esa bella ilusión que descubrirá mi vida.
Es el teatro Real de éste pueblo, con el irreal nombre de Gigante, el que nos obliga a vivir de la ficción como si fuera cierto. Corre el año 1957.
Entonces me encuentro por primera vez con la pantalla plateada y ese hombrecillo de gafas y sombrero de paja haciendo piruetas y torpezas para hacerme reír, colgado ahora de la saeta de un reloj.
Río con la impunidad infantil de una avalancha.
Ello produce la magia.
Con los comics de la misma época, me quedo frente a esa pantalla, como una dulce maldición, para el resto de mi vida.


Del Real, paso al Alcázar en 1964. Allí sigo mirando charros y soldados de capa y espada, amistado con vampiros de dientes sin filo para nuestro cuello, que nos permitieron en la copia del expresionismo, evadir la legión de María, para concebir la manera de abandonar la oscura opresión, con las películas, los Diez mandamientos o Espartaco. Los musicales españoles van de la mano de Joselito, Marisol, Rocío Durcal y Raphael. La desolación es sublimada en la Historia de amor que se parece a la nuestra. Es un fracaso. Pero podemos volar en globo por el mundo con Phileas Phogg y Passepartout.
Entonces entendemos que esa vida renaciendo al apagar la luz, nos dota de una pequeña esperanza al volver a la realidad. Que esos otros yo que salen del chorro de luz, son la mejor medicina para las falencias del alma. Guía, luz y siquiatra de nuestro interior.

En el Libia de Neiva a la luz de las estrellas, voy entendiendo el retruécano del subconsciente con una adaptación del Portnoy de Rooth y la grave violencia juvenil, con una rígida naranja que llora el escombro humano, con lágrimas de sinfonía, mientras una dialéctica invertida aplaca nuestra necesidad y hace rugir la voz aterida. En el teatro que se ubicaba en la parte posterior de la gobernación; creo que llamaba, “La Gaitana”, puedo ver “Gritos de silencio” y “Pecados de guerra” sobre el injusto belicismo gringo en oriente y al regresar de mi periplo universitario por la capital, me espera en el PigoanzaEl último emperador” como una burla a los maoístas.



Pero imaginar cómo se inició el cine en Bogotá en el siglo veinte me lleva a investigar.
En el artículo virtual “Salas de cine en Bogotá” de Avila y Montaño encuentro este retrato, que asimilo con mis pueblos en la pluma de Germán Arciniegas:
 Nuestra generación empezó a ver cine en San Victorino. Proyectaban sobre unas sábanas enormes entre dos postes y cuando había viento las figuras se alargaban o se embombaban. Algo parecido pasaba en el Camellón Central del Parque de la Independencia, entre el Paseo Bolívar y la Carrera Séptima, cuando daban cine “en el parque”. La cosa mejoraba cuando la función era en el Pabellón de la Industria, para los que tenían boleta de primera y quedaban dentro del salón; los de popular veían la película desde afuera a la intemperie”. (Nieto y Rojas, 1992: 9)
Los historiadores me cuentan que hubo un Teatro Municipal,  el primero, (no el Colombia que sería el Jorge Eliecer), abierto en 1890, el cual fue escenario escogido por Ernesto Vieco, para proyectar el 1 de Septiembre de 1897, la primera película en Bogotá. Y no fue otra que los sketch  de los hermanos Lumiere, apenas dos años luego de su proyección en Francia: La llegada del tren a la estación, Limpiando las malas hierbas, El pugilato y El hombre y la rata. Eran tiempos anteriores a la regeneración. Otros gobernantes. Íbamos a la par del desarrollo mundial. Teníamos tranvía, tren, edificios europeos y claro, cine. Luego en 1952, frente a gran controversia, Laureano Gómez demolió ésta hermosa obra arquitectónica.
Teatro Municipal de Bogotá 1890
La primera sala de cine en Bogotá fue construida en 1912, por los hermanos Di Doménico y se llamó Salón Olympia, con 16 puertas y capacidad para 3.000 espectadores en sencillos escaños de madera, al estilo de una iglesia con tres filas de bancas. Allí comenzó el 8 de Diciembre de 1912 la historia bogotana de las salas de cine que luego fueron los TEATROS, con la exhibición de “Novela de un joven pobre” que inauguró la costumbre de titular mal el cine que nos llegaba, su autor Mario Caserini, italiano, la tituló originalmente L’ultimo dei Frontignac (1911).
A mi querida ciudad de Bogotá, llegué en 1975. Cuando el auge del cine había permitido la proliferación de cien salas.
Recuerdo los que alguna vez frecuenté: Tisquesusa, Metropol, Radio City, Olympia, Opera, Metro, Lux, Jorge Eliecer Gaitán, Embajador, Cinemas y otros que reconocía al pasar, Mogador, Ayacucho, Aladino, San Jorge, México, Faenza, España, El Dorado.
El cine fue para mí bálsamo de la soledad. La catarsis para resistir la ciudad y su frío. Era un asiduo espectador grisáceo, lector en la buseta y en las colas de los cines.
No pude parar.

Me obstiné en lo oscuro, lo difícil, lo serio, que era el surrealismo de España o Francia y vimos el amor vuelto bestia o el teorema italiano ejerciendo la contradicción política en alguna cinemateca de la ciudad  y por allí se coló el sueco vuelto Alexander para reafirmar la tara.
En el Radio City aprendimos la rígida e interna sonrisa de Allen. En el lumpen Presidencial de la décima, un doblete donde un polaco pinta el primer vampiro gay del cine. En el Embajador pudimos apreciar de nuevo el miedo de la infancia, propiciado por la religión demoníaca que con bisturí de salmodia,  pretendía exorcizar de la pureza, el derecho al placer. La épica del oeste tuvo su clímax en el Cinerama del Scala donde el mundo mágico se volvió semicircular. En el Metropol creo haber sentido de nuevo el terror del pueblo en los ojos del bebé de Mía Farrow. En el nuevo Olympia creo haber visto el Imperio de los sentidos, porque luego se tornó un cine de casi una equis y presentó colegialas de falda roja y medias tobilleras para indicar que crecíamos. En el Jorge Eliecer Gaitán que casi no recuerdo haber frecuentado, sé que se proyectó Isadora Duncan.
Si pensamos en el cine nacional debo admitir que por esos años, pude ver en los Cinemas de la 24 con séptima la comedia mas divertida de mi tierra, el falso Embajador de la India, que nos retornó a la hilaridad y Los hombres del presidente y Atrapado sin salida. En el Metropol un Ulises de la western fideo que nos volvió a arrancar carcajadas admitiendo que su nombre era Nadie.
Pero la tecnología dio vuelta y nos remitió al teatro en casa cuando iniciamos nuestra propia colección a mediados del 90. Fuimos al reencuentro de las mejores obras del cine en nuestro gusto y en el de Roger Ebert o Jurgen Müller y la relación con la literatura otra vez, al Año pasado en Mariembad de Alain Resnais basada según algunos, en La invención de Morel y con guión del zar de la noveau roman: Alain Robbe-Grillet para ayudar a retorcer el pescuezo al tiempo, con Joyce, Alas, Proust o Woolf y sentir que Faulkner como guionista fue mejor investigador que Marlowe.
Todo lo anterior, para celebrar el viernes pasado con Lis, la re catalogación de nuestra colección, de mas de cien años de cine, que hemos pasado de BETAMAX, a VHS, a VIDEO LASER, a DVD y finalmente al BLURAY, para iniciar un ciclo de reseñas de cine en el repaso, con el brillo oscuro de Louise Brooks en los comienzos del cine.

Marco Polo
Altillo de Villanova

Bogotá 22 de Febrero de 2015.

lunes, 8 de febrero de 2016

Cuento ilustrado por un niño de hoy


PASOS PARA LA IMAGINACION



Nos miramos de una hamaca a la otra. Él se impulsa con una pierna. No puedo reprimir lo placentero del ir y venir, con la escasa brisa creada. En la soleada tranquilidad de la tarde, en el hall, se escucha el ruido de la fricción de la cuerda sintética con el metal.
Le tomo una fotografía desde mi móvil y la subo a la web.



Representamos a dos Celios, la titulo así. Se la dejo ver. Pero no entiende que le estoy insinuando que perdemos el tiempo.
El calor parece haber detenido los sonidos campestres, entonces suelta su frase un tanto agresiva, “Estoy aburrido”.
Me viene la imagen de su supuesta necesidad.
Estar pegado a toda hora al televisor en un canal Kid, con dibujos animados tan feos que me desaniman, pecezuelos, Bob esponja, ese mal delineado Batman frente al de mi infancia, donde Róbin es una niña.

Su padre consiente una media hora desde su móvil, mientras él aprovecha su necesidad de descanso y lo ve dormitar en la visita. Un juego cualquiera, sin importar la socorrida violencia, matar y matar y recuperar vidas en un infierno virtual, mientras consume la batería del día.
Otra idea me acosa.  Como una obligación.
Creo que debo inventar algo. Sacarlo de su mundo robótico, manejador de sus pulgares en el juego inútil de ganar, en el Xbox, el PS4. Temo como si supiera que su evolución será inmediata y estuviera provocando ya el desaparecimiento del resto de sus dedos, inútiles.
Este futuro que me llega de inmediato.

“Quiero irme de aquí, para la ciudad. Quiero jugar”.



Le digo que admire el verde de los árboles, los pájaros cantando, el carpintero de roja cabeza picoteando el agujero en la rama del balso, el sol que rebota sobre el pequeño oleaje del lago elabora olas de cristal. Los pollitos felices revuelcan la humedad de las hojas secas bajo el verde de los altos limoncillos con su fruta alargada.
Esa es una chicharra”.
El filudo vibrato corta las copas de los árboles y no podemos verlo. Teme a las hormigas, a las pequeñas avispas que comparten un sorbo de agua a la orilla de la piscina, quiere pisar lo que se mueva. “¿Todavía hay ciempiés?”



Ya tuvimos nuestra sesión de azulosa piscina, donde debí estimularle otros ejercicios diversos del nadadito de perro, saber flotar bocarriba, bracear.
Se me ocurre que debo sacar la motobomba con el argumento de oxigenar el agua y procurar un capítulo diferente, una nueva diversión: En el chorro espumoso de agua que recicla la azul, metemos la cabeza, aguantamos la respiración y atraigo su ánimo competitivo.



Contamos cuantos segundos duramos debajo del chorro que a veces golpea la cabeza o la espalda en un inútil masaje que no percibe por su emoción de juego. Si cuento hasta cuarenta, él quiere contar hasta cincuenta y seguir subiendo. Llamamos a su abuelo, a su tía y nos tomamos un par de fotografías más con la felicidad de tener esta azulada agua como una bendición, mientras en el país crece la sequía.
Es una transparencia culposa.



Tan solo en la carretera pudimos ver, en un pequeño pozo terracota, un gavilán y un buitre negro compartiendo un sorbo de agua, residuos de lo que quedó de la lluvia de la madrugada.
Imagino que estamos ya en la guerra del agua.

Me da pena su futuro. El verde volvió a las hojas, pero la resequedad general se obstina en el color de la tierra.
Lamento entonces que ya no quiera comer pescado, ni boca chico, menos la cucha, de la que le cuento tiene la misma edad de los desaparecidos dinosaurios, de los que menos quiere conocer su sabor, ni chimichurri sobre la carne, ni el ácido jugo de tamarindo que  paraliza la sed, ni frutas, tampoco el mamoncillo, sólo unas cucharadas de sopa del caldo de pescado con limón,  o pan o dulces. Le recuerdo que alguna vez debió acompañarnos a un restaurante y pedí un pargo rojo para mí. Lo compartí con él. Arrancaba un trozo de carne blanca, él masticaba rápido y sin dejarme tomar mi bocado de nuevo pedía:
Mach pech”.
Dice no recordar. De todo lo que se le ofrece asegura: “No me gusta”, aunque no lo haya probado nunca.

Me prometo otra vez que le crearé algo.
Inventaré un cuento para sacarlo de su mundo infame y virtual. Un cuento peripatético, caminado, como lo hacía Sócrates, donde mis palabras dibujen el instante por el que pasamos.

Le propongo que vayamos a la orilla de la represa. Su abuelo refuerza incrédulo mi idea. Habla de un cocodrilo al que le podrá ver la dentadura. Veo en sus ojos la necesidad de aventura.
Se ajusta los zapatos que está estrenando. Una especie de tenis con forma de guayos de futbol coloreados de verde. Comenzamos a bajar por el sendero en desnivel hacia la orilla, es un camino irregular con piedras y leves gradas metálicas que el barro ha logrado ocultar.


Lo hacemos con todo el cuidado, para evitar que su osadía le procure una caída. Le digo donde ir pisando y vamos cruzando los iguá que han crecido unos veinte metros de altura. Un caucho al final. Llegamos a la playa, llena de residuos de tarros plásticos, de lazos, de tubos negros de agua y hay dos embarcaciones. Un bote moderno de fibra de vidrio y otro de madera un tanto averiado. Le digo “Vamos a navegar”, pero como no he pedido en préstamo el bote, le digo que se imagine como marinero, el bamboleo sobre el agua. Que se suba en él y se siente en la parte posterior en la butaca tallada sobre la parte cóncava, para tomarle una foto hacia el fondo del espejo de agua que simula el mar un tanto inquieto y el sol mas allá, procurando un joven arrebol. Tomo la foto como si estuviera navegando. Contra el agua. Solo una parte de la embarcación blanca por dentro y verde en los costados. De inmediato desciende y le explico que éste fue el primer lugar en que debimos acampar antes de tener la casita prefabricada, le cuento que tenía un bote plástico amarillo al que le acomodé un motor y solía por turnos llevar uno o dos ocupantes a quienes le daba una vuelta casi hasta el centro de la represa. Le refiero que nadábamos todos, con chalecos, sin temor a las babillas que son los cocodrilos que mencionara su abuelo, ni a las boas que debieron ir sembrando en la laguna para el control ecológico, antes de que existieran jaulones para engordar mojarras. Le muestro las horribles jaulas negras que contaminan el agua y la visión de la superficie en lontananza. Esa agua que en ésta sequía se obstina en dejar su color de miel para mostrar su transparencia cuando está libre de nubes y refleja el azul del cielo.
Caminamos a un costado de la playa, la mas contaminada de basura y residuos de hojas podridas, con el blanco del icopor de los jaulones que riñe, desnaturalizando el paisaje y buscamos un vado para cruzar el pequeño brazo conque la  represa penetra hasta la oquedad formada por árboles, el lecho del riachuelo sin agua que baja de la loma por entre la tupida y oscura vegetación y le ordeno pisar donde piso, no sea que surja de las hojas podridas una serpiente y tengamos un accidente de colmillos venenosos, pero le aseguro que los animales no son tontos y temen al hombre.
Me sigue. Atrás su tía, para corregir su apresuramiento y los resbalones en la parte húmeda. Bordeamos hacia el sur la represa y buscamos el lugar por donde íbamos hasta el otro lado de ésta playa, protegida con una especie de arrecifes, de rocas cortantes. Pero el sendero no frecuentado en los últimos quince años ya desapareció. Se sumerge en el agua a veces colorada.
Podríamos cruzar si trepamos la última loma de la orilla, nos llevamos la mano a los ojos y oteamos hacia arriba y descubrimos un pequeño desfiladero, amarillo rocoso y sobre él un árbol de caucho y mas abajo otro de chaparro muy tupido donde parlotean unos negros chamones. Le explico, en qué época conocí éstos pájaros  que suelen robar nidos o huevos de otros. Entonces escuchamos la voz de un pato, enojado, recriminando a los cuatro chamones que pretenden comerse sus crías que pían, pero no logramos ver. La voz de la madre pato, es mas fuerte y hace huir a las oscuras aves que chillan de forma metálica con la complicidad de nuestra cercanía. Nos alegramos de haber contribuido a la seguridad de la familia pato.
Entonces le digo, que nos acerquemos a la isla donde nos podemos sentar. Es un promontorio rocoso donde sobresale una escasa superficie, que puede perfectamente sostener a dos personas sentadas con los pies fuera del agua, pero con la perspectiva
producir el efecto de estar en el centro del mar en una escasa isla.

Somos  Robinson Crusoe y Viernes perdidos en una isla. Allí se sienta con la tía luego, y tomo la fotografía que no es tan afortunada como la que nos toma Lis.
De un momento a otro, sin embarcaciones cercanas comienza a ocurrir un leva mar que me moja los zapatos, entonces nos levantamos y huimos del mar que nos quiere llevar en su oleaje y regresamos por donde habíamos venido.

Veo su emoción al poder escapar sin mojarse. En ese instante un obrero de los jaulones aparece a los lejos conduciendo un bote metálico en que lleva los bultos de alimento para los peces, lo vemos navegar a gran velocidad y luego insertarse en la arena, mientras hecha una reversa para parquearse de buena forma en la playa. Se me ocurre decirle al operario que nos de un aventón hasta las jaulas, pero el trabajador desaparece muy rápido hacia la casa de al lado subiendo por la loma de enfrente.
Entonces veo que la historia del mar se ha agotado.
Debo crear otra, sin dejarlo respirar.



Se me ocurre que si no pudimos viajar en el barco, debemos caminar por la jungla y resuelto le propongo. Señalo la supuesta caverna que forman los árboles sobre el riachuelo seco.
Ingresamos por el boquete oscuro entre árboles y arena y caminamos por el lecho del riachuelo del brazuelo seco que pertenece a la represa y al pequeño arroyo que se forma cuando llueve. Aventura en la jungla, le repito.

Acepta feliz y comenzamos a caminar con seguridad por la arenilla blanca y aún húmeda. La arboleda que se cierra cada vez mas, nos coloca siempre sobre los ojos las recientes telarañas del acucioso insecto, que nos molesta con el calor y la humedad en medio del valle natural, por los altos árboles que dejan colar la luz de tramo en tramo y que si miramos hacia el oriente no vemos sino la oscuridad de las hojas, la maleza y vegetación abierta sólo por el lugar donde pasó la lluvia.
Caminamos lento y de vez en cuando nos encontramos con un pequeño estanque que nos obliga a cambiar el rumbo del lecho. Luego nos ubicamos en el centro del pequeño bosque que procuro acrecentar con mi voz cual fondo musical, repitiendo que se trata de nuestra aventura en la jungla.



Se escucha a lo lejos el grito de los loros y las cigarras. Afortunadamente aparecen dos grande árboles con lianas al estilo de las de Tarzán  y le digo que se aferre a alguna de ellas y procure volar entre los árboles. Lo hace y en medio de su grito tarzanesco tomo una de las buenas fotos del día. Es notable su alegría, pues no quiere soltar las lianas.



Cruzamos el arroyuelo, hacia una parte mas alta y seguimos subiendo por la hondonada que es nuestra jungla y llegamos hasta el fallido aljibe, donde le explico que un maestro “vivo” procuró cavarlo en invierno y cuando desapareció la lluvia, ya no hubo agua para llenarlo, porque  la arcilla y roca y arenilla taponaban muy bien cualquier entrada posible de agua. Al final colapsó sobre sí mismo y dejamos el agujero perfectamente taponado con su puerta metálica.
Le propongo ir al otro lado de la represa, por un camino que intrusos utilizaban de forma abusiva para ocupar el terreno contiguo, mas allá del cercado de alambre de púas que hay en la cima de la loma y que separa nuestro predio. Subimos con dificultad el barrial del camino casi perdido, aferrados a los tallos de los arbustos sin dejar que los zapatos resbalen y cuando casi estamos en la cima, vemos al otro lado las escuálidas construcciones de los furtivos invasores y casi escuchamos la estridencia del grito de un pájaro marino, o una gaviota moribunda, como el presagio de una desgracia.

En seguida los árboles se mueven y penetra por la parte baja de los troncos de los árboles una especie de borrasca cálida. Los árboles se mueven arriba. Se escucha el roce de sus ramas como si un gigante muy alto diera brazadas previniendo a los que están debajo. Segundos después, nos llega la fiera algarabía de una jauría latiendo, como si ya estuvieran dentro de nuestro corazón y nos aterramos. Miro sus ojos y el miedo casi lo paraliza. La jauría de los dogos salvajes de la vecindad corren a nuestro encuentro pese a que existe todavía mucho bosque de por medio. La emoción y el miedo se replican en su cara y ordeno con su tía, tomar armas para la defensa.


Buscamos en el piso y encontramos cada uno un largo leño, para defendernos de los perros. Los ladridos de los perros se acercan mas. Pero seguramente al presentir que nos agachamos y nos prodigamos de defensa sentimos que detienen su carrera y nosotros iniciamos la nuestra, apoyados en los leños como si fueran bastones. Le digo que el miedo es natural. Es bueno sentirlo, pero seguir pensando. De lo contrario el terror puede llevarnos al fracaso, a la inmovilidad, a la derrota. Los perros pueden oler en el aire nuestro miedo, nuestra sorpresa, pero también nuestro atrevimiento valiente y osadía.  Siguen ladrando mientras damos vuelta atrás y casi huimos por la resbaladiza pendiente, agarrados de las lianas y algunos árboles.

Le prometo que en nueva oportunidad cruzaremos esa frontera.

Respiramos tranquilos y seguimos otro tramo por el mismo lecho y caminamos hasta donde encontramos el arbusto espinoso de diminutas hojas verdes y lustrosas, que antaño nos servía de árbol de navidad y lo acicalábamos con algodón y le colocábamos bombas de colores que inflábamos con nuestra alegría de infantes hace muchos años.
Regresamos y tomamos el rumbo del antiguo camino que elaboramos para el aljibe, del cual solo quedan algunas piedras y trozos de cemento de lo que fueran pretendidos peldaños.




Al llegar a la cima, aparece la cabaña.

Su admiración se refleja en la cara, al comprobar que ha transcurrido toda una aventura a tan solo unos diez metros de la segura construcción, porque su imaginación, (perturbada por la realidad virtual) aún está intacta.


Marco Polo
La mistela
9 de Enero de 2016