viernes, 19 de junio de 2015

SEPTIMAZO, EL ALBUM


UN CULTO  AL RECUERDO

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Ir al centro de Bogotá, es asumir un viaje a la aventura.
La propuesta que nos hacemos por alguna necesidad, diligencia, o en últimas por el nebuloso placer que el recuerdo nos dibuja en la memoria, de volver a ejercer el septimazo, tiene sus implicaciones. Al punto de la necesidad de planificar como si fuera un viaje a otro país donde impera el temor y la desidia oficial, pese a que se viva en cualquiera de los extramuros del sur o norte.
Debe elaborarse un plan que excluya la famosa restricción vehicular en primer lugar.
Luego trazar las rutas escasas para hacerlo porque ni siquiera, en el GPS aparecen las vías, ahora cerradas o en perpetua reparación.
Son únicamente tres opciones desde el norte: Una por la treinta y luego buscar la veintiséis. Otra por la Caracas, y finalmente la mas expedita, la de la noventa y cuatro con la circunvalar.





El septimazo ha cambiado.

La gente camina por la calle pero debe eludir el desorden, los recicladores, el albañal anexo a lo largo de la vía, los vendedores ambulantes, novísimos culebreros, ventas de guarapo, mango y helados a mil pesos.
Sin el humo de las busetas, los recicladores pudieron derrotar su paso metálico con la zorra retro, que triunfante en la contravía nos lleva al sabor onírico de una ciudad que se recupera de una extraña guerra que pasó por allí cerca, de la que se recoge el recuerdo de sus despojos y por ello se prefiere el centro de la calzada para evadir la indigencia.
El caminante intenta una sonrisa frente al Michael Jackson joven, al trío de Jazz amplificado, o a la chirimía del Pacífico con la marimba de chonta, la tambora y la vieja cantaora con sombrero de iraca y colorines en su atuendo, que esperan de todas formas retribución por escuchar su arte vuelto un lamento sin esperanza, a ese contradictorio rascacielos que cada día se eleva un piso mas.






Al centro de Bogotá tuve intenciones de ir desde los trece años de edad.

Vivía en Seminario y un profesor pastuso, bonachón e ingenuo, nos organizó la primera excursión a la gran ciudad. De ese recuento me ocupé en un escrito inconcluso donde Monserrate y la Quinta de Bolívar resultaron una fantasía llena de niebla en el rojo del funicular y los cables plateados del teleférico, con lo vidrioso de la lluvia pegada a los muros de las edificaciones republicanas mientras subíamos por la trece resoplando vapor. Casi al culminar el septimazo de aquel día, estaba aún de pie el hotel Dalí única obra arquitectónica que nos traía un lejano aroma de París, a donde como un prestidigitador logró llevarnos gratis el profesor Burbano, mago, para compartir un par de noches en la mejor suite de aquella joya que nunca debió perecer frente al centro comercial, que luego aplastaría su recuerdo con el pesado fardo del ladrillo, donde sólo el nombre nos convence ahora de ser una terraza, contradiciendo lo aséptico de Pasteur por un verdadero rumor de humareda, tufo de orín y ventorrillos de cerveza y productos esotéricos para nihilistas desesperados.


Las épocas han variado en el recuerdo, como si se impusiera una nueva capa de barniz que derrota la inferior. La idea de tomar el centro de Bogotá, hoy tan cambiada.



Desde el año sesenta y seis hasta el pasado 28 de de Mayo de 2015 un lamento nos recorre la piel del recuerdo.

Aquella, esa otra, la de los años de funcionario judicial en que desde el edificio del Tía, vuelto recinto de la nueva y aparente justicia, esa caína para alojar tanto tartufo cagatinta, se subía por dos cuadras al oriente a la plaza de Bolívar. 


Allí se veía la misma pareja demacrada haciendo ejercicios previos de gestualidad, a una representación teatral tan lamentable como sus cuerpos achulados, con la misma anciana ciega frente a la casa del florero sin haber podido templar las cuerdas de la guitarra que perseguían  desde muy lejos el tono de su canción arrabalera o el almacén de discos antes del Only, frente al Murillo Toro gritando aún canciones de Rodolfo Aycardi, luego del café, donde dejaban leer el periódico pegado a la pared mientras degustábamos un  carajillo o se compraban las almendras y antojos para el fin de semana y en la trece mirábamos con incredulidad las frases grandilocuentes de un duce Gaitán impresas en el mármol, como la voz aletargada de su profesor Ferri, impidiendo ver la sangre encima del lugar donde cayera asesinado por Roa.


El Tiempo y el Banco de la República antesala de los insufribles mimos que atracan la alegría del caminante con sus ridículas imitaciones. Pero en ésta caminata de hace veinticinco años, importó para el recuerdo el viejo carterista especializado en hurtar estilógrafos finos con su periódico y al intentarlo con el narrador, se llevó el susto de su vida al ser rechazado y tener que recibir en medio de la lluvia que cayó de improviso, una limosna para un almuerzo ejecutivo de tres mil pesos, luego de contar la injusticia por la muerte de su hijo frente a un policía. Porque su labor dijo, era un trabajo igual que el que desempeñábamos los fiscales.


Si ahora decidimos almorzar aquí, es porque  no pudimos sustraernos al imán del recuerdo que nos propuso el pasaje Hernández, donde iluso volví a preguntar por una camisa Arrow que hace mucho cambiaron  por Costa Azul.


Sigue allí el mismo restaurante que iniciara su labor al costado del palacio de justicia hace casi tres décadas y que ha crecido tanto, como si se reprodujera el segundo piso por cáncer, en sinuoso laberinto de salas y pequeñas puertas abarrotadas de empleados y secretarias invitadas por sus jefes a su especialidad en frutos de mar, tan crecidos en tamaño y ateridos como pescados del archipiélago gulag para el negocio, que debimos salir de allí cargados con la bolsa para el perrito, pagando el precio en dólares.



Desapareció el pescado diario de los emigrantes del pacífico, que ofrecían muy frescos la sierra en salsa o el pargo rojo, con su sancocho de pescado y el limón y el arroz con coco que eran una fiesta diaria a precios ejecutivos. 
Caminar al regreso con la pesadez pidiendo siesta hasta la veintidós, para notar que La florida, el café de las onces santafereñas, fue restaurado y observa el amarillo oro de la parisina tranquilidad para deleitarnos con un postre, el delicioso amargo del tinto y las viejas fotografías de Pomponio, la loca Margarita y el bobo del tranvía de otros septimazos.




Si se cruza la veintiséis es porque caminaremos hasta el museo nacional, el panóptico que nos permite mirar para todos los costados del pasado.
Cruzamos el bosquecillo de pinos al lado del planetario; oculto atrás, el pequeño rascacielos que fuera el símbolo de los setenta,  una época extraña en que se mezclaron los aristócratas con los revolucionarios y hasta el edificio verdoso entre la arboleda, llevó el nombre soñador de una nueva isla utópica, donde liberales del M. R. L departieron con los seguidores de Mao y como se cuenta por allí en otras cuartillas, fue un edificio de izquierda.



Mas hacia el norte, se aprecia la bella construcción de la plaza de toros reluciendo el terracota con otros edificios en ladrillo que lo enmarcan para evadir desde su altura, el pago de la entrada, que en otras épocas teñía de rojo el sector dominguero, con un sabor español de boinas, entre botas de sangría y peñas con asiduos degustadores de paella que no distinguían como ahora,  entre la vida o muerte del fiero toro negro y el gusto a la carne asada.

MARCO POLO
Altillo de Villanova
Bogotá 
28 de Mayo de 2015


sábado, 13 de junio de 2015

EL OTRO JOHN BANVILLE



ANTIGUA LUZ
Para romper el oxímoron






Un lector es impactado por un libro cuando cree haberse encontrado allí.
Cuando ese lector también ha escrito un libro y comparte elementos similares en la obra del leído, se forma una extraña comunión cercana a los límites de la complicidad.
Ser el amante niño de la madre del mejor amigo.
Uno de los temas perturbadores compartidos.
El amor que se dispara en la adolescencia sin importar ética alguna.
Rompiendo en pedazos el tabú, tan natural como el instinto.
Narrado de igual manera en primera persona. Un atrevimiento tan luminoso como la primera eyaculación.
Eso hace del libro un hermoso misterio para todos esos lectores aplastados por la religiosidad, que se niegan al negar su realidad, sin discernir que las míticas prohibiciones son verdad de vida, razón elemental del ser.
Lis con Benjamin Black

El tratamiento de la metáfora que desanda el ambiente del recuerdo, otro objeto de complicidad. El que da textura a las mismas cosas que rodean al narrador, el tinte de alegre pintura al estilo de éste irlandés no deja de hacer notar una leve sonrisa ingenua y sardónica a veces, por la inocencia con que hace que el lector aborde de manera interactiva el tema: “Sed pacientes conmigo, a través de éste laberinto de cristal”.  La  propia aparente “vivencia” del narrador. Que pocos valientes escritores llegan a descifrarla en nuestro medio. Que a lo mejor no es otra cosa que la ludolingüística compartida también.
Con la sapiencia de quien elaboró el vitral medieval de caballeros en combate, que iluminó la catedral de Chartres, nos refiere los detalles de esa relación proscrita, con todas las minucias del comportamiento de un niño con un adulto. Entendemos lo que anunciara en su conversatorio. “En el arte no cabe la ética”.

Los encuentros, el lugar secreto, el temor de ser descubierto y las explosiones infantiles o esas pequeñas venganzas ejercidas desde el derruido inodoro de la casa abandonada, donde perverso, el niño alguna vez quiso embarazarla para evitar ser abandonado. Imaginó una hija suya, la dibujó mayor.
El tema prohibido se torna tan natural para hacer posible que un niño exprese no solo sus sentimientos sino sus fantasías precoces alimentadas por un adulto.
El probable crimen de la mujer, se parte en pequeños cristales de colores que dejan pasar la luz e iluminan, como si estuvieran mas bien celebrando el suceso que lamentando la inútil censura, sin herir. ¿Apología del delito? Los medios lo escandalizarían aquí. El relato a partir del supuesto “abusado”, como se diría hoy en nuestro país, dota de extrañeza el relato, cuando entendemos que pese a sus quince años es un ser humano y nos revela  hasta donde se puede llegar para ir al encuentro del placer. De llegar a ser cómplice del placer del otro pese a la prohibición. Esa casi deseada o imposible violación de lo masculino, es lo que perturba al lector. 

Marco Polo con John Banville

El narrador ve desde el presente de Alex Clave el actor, que representará la  Invención del pasado, mientras nos va inventando este otro pasado que de todas formas ilumina. La vida del actor es menos real. Banville ha asegurado que la vida de los seres de papel, es mas real. “Son mas reales los personajes de un libro, que las personas que viven con uno”.  Y se atreven a mostrarse ante ese pueblo vigilante, religioso y sucio mental irlandés, porque al niño no le importa sino el ejercicio del placer, como si estuviéramos en la parte invertida de Navokov. Y ocurre el desdoble de la vida, la fractalidad de los cristales para el actor: “Siento como si no sólo mi yo actor sino mi yo esencial se convirtiera en una serie de fragmentos deshilvanados”. 
Otro de los temas compartidos.
Su trabajo en el cine, el rodaje, es algo inútil. Le preocupa la duplicación del yo. Es la repetición de las escenas que hacen inconexa la vida. Su cine, su teatro no será jamás descrito como el mío. Pienso ahora como lector, porque en mi evento iba la evasión. Este niño va al cine para ejercer el voyerismo a su pareja, no a penetrar en la película. Ella se la cuenta y le hace disfrutar de una mujer real, no inventada en la fantasía. Tan real como el gas que llega a compartirle.
El narrador desearía contratar una mujer para buscar ese primer amor.
Viaja con la actriz suicida hasta el lugar donde se suicidó su hija Cass y aquí une lo onírico a lo esotérico, a lo torcido de su recuerdo de infante cuando tenía una  muñeca para ejercer el aprendizaje, dotando de cierto denso sabor al relato. Incluye lo subreal que nos remite a otros libros que hacen parte con ésta novela, de una trilogía: El lugar donde murió Shelley, donde estuvo Keats. A lo mejor fue un personaje de Dostoyevski el que estuvo con su hija antes de morir embarazada.
Si, como dirían algunos críticos.
Es una novela rara. De la cual me declaro cómplice.


Por el tema tabú de un niño amante con una mujer de treinta y cinco años  que perturba al moralista pero ilumina al lector. Su fresca narración viene vuelta poesía con el recuerdo. “Solo recordamos lo que deseamos recordar”. El recuerdo es una invención. Una imperfección. Donde lugares del pecado se vuelven en el futuro los lugares sagrados que permitieron al hombre dual vivir la vida. Es el  recuerdo  ejercido desde el sino el que permite a lo humano crecer en cualquiera de las dimensiones en que pueda existir, donde las cosas pueden ser inacabadas, tener o no continuidad y ser una esperanza para poder ejercer la vida.

Marco Polo
Altillo de Villanova
Bogotá
11 de Junio de 2015.

jueves, 4 de junio de 2015

YESID MORALES RAMIREZ





ESCAPAR REALMENTE AL INFIERNO


Asistía la razón a Antonin Artaud cuando afirmaba:   “escribimos, pintamos, esculpimos, danzamos con el único fin de escapar realmente al infierno”.

Ha llegado a mis manos,  para complemento del ocio remunerado, por generosidad de su autor, Marco Polo, un libro de grueso calibre,  cuyo título sugestivo invita a develar su contenido: ARMAS DE JUEGO. 

La argumentación del texto te subyuga a consentir y revelar actos de la memoria individual y colectiva, en un viaje a partir de la infancia,  padecida y congratulada desde dos comunidades urbanas del sur de Colombia.

El relato convoca al lector atento como al distraído, mediante la mirada lúcida del dolor, infligido en buena medida por los constantes desafueros de un padre machista, que, como tantos machos de antes y de ahora, comprometen y vulneran, conscientes o no de sus actos, la frágil naturaleza de los hijos, propiciando traumas que algunos creadores intentan sublimar a través del ejercicio de lo estético.

Paralelo a la descripción de hechos dolorosos se inserta de manera oportuna el humor, la recreación, la fiesta de los años juveniles, con su carga de acciones impulsivas y el valor de encontrar espacios, censurar conductas, animar sentimientos, atmósferas  tocadas por una altanería inocente, que sin duda logran conmover al lector.

Nada escapa en esa red de recuerdos y testimonios vertidos en relatos autónomos, vividos con la conciencia precoz de un espíritu  joven,  cuyos sueños, angustias y búsquedas, trasmutados en palabras de contundencia poética en algunos momentos, rebelde o existencial en otros, motivos que en su conjunto alcanzan los límites de una obra literaria que hoy muchos admiran.

Yezid Morales Ramírez

"Natural de Garzón ,Huila, Colombia. Licenciado en Diseño y pedagogía del Arte. Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado los libros:
“Pretextos para una sonata”, poesía. Instituto huilense de Cultura 1992. “Presagio”, ganador convocatoria Foncultura, modalidad poesía 1999.
“Las praderas del cielo”, novela, Fondo de autores huilenses 2003.
Incluído  en las antologías “Crónica poética del Huila” 1995. “Memoria secreta de la infancia” Trilce editores. Bogotá 2004.

“Matamundo”, literatura huilense contemporánea 2005. Como pintor ha realizado numerosas exposiciones dentro y fuera del país".