sábado, 5 de diciembre de 2015

La forma de las ruinas. (Una fotografía de la historia)







Hermosa novela. Sobre todo porque me permitió notar la asunción obligatoria,  que comparto, de contar el cuento de nuestra memoria histórica, sin las atávicas ataduras de un realismo mágico, citado, pero ya vuelto a la página del tiempo. La misma idea que expresara desde la Filbo del 14 y de la cual hablamos en esos días en Literatura y Mistela.

Ya no se trata, como lo dijimos en aquella oportunidad, de un producto de marketing que nos obligaran a comprar las grandes editoriales de sus escritores mediáticos, prevalidos de premios sospechosos y grandes afiches.

Ahora, es coincidente con mi concepto de cómo escribir hoy y de qué escribir, ( y a fe que así fue mi elaboración, al concebir hace más de 20 años, Armas de Juego), es por lo que he leído esta novela con fruición. Con el asombro de sentir en el pellejo la vivacidad de éstas páginas, cual si fuera uno de mis propósitos, compartiendo varios conceptos que se desarrollan al momento de pensar en la escritura de un libro sobre la memoria histórica de mi país, sin que necesariamente hagamos parte de la misma generación.

Comparto con el Autor Juan Gabriel Vásquez, la profesión de abogado además, para celebrar ciertas interpretaciones de lo estrictamente jurídico que obra en su libro, como el juego de la balanza de Temis que se inclina por una verdad y luego en el platillo contrario, por otra.
La necesaria experiencia de la auscultación o ejercicio de lo que fue y seguirá siendo la judicatura y su relación con el poder, donde, con idénticas pruebas un juez puede elaborar por un lado su discusión al enfrentar el mundo y producir la simple retórica de su ejercicio, la sentencia.
O simplemente discutir consigo mismo y producir un relato poético.
Porque pese a que la cantidad de testimonios no hacen plena prueba, se puede y debe elaborar con sus partes un elemental silogismo que es la herencia aristotélica de la elucubración jurídica y se llama: Indicio.

El indicio perenne de este país enfermo de odio.
De verdades a medias. De la historia inconclusa, con la verdad de los hechos encerrados aún en una urna de la CIA, para que no sea escuchada por nuestros muertos que la sospecharon. Pero que se puede comparar por idéntica, con las mismas pruebas de cualquiera de los crímenes ocurridos en nuestro país por la misma causa. La verdadera conspiración de una clase política.

Esta novela es la asunción o atrevimiento del escritor, de hacer poesía, con los pedazos de hueso que van surgiendo de tanta tumba anónima, de las fosas comunes que niegan la verdad, la reparación y la justicia para los colombianos hartos de tanta guerra inocua, donde lo que importa es ver caer el cuerpo del otro, mutilado o no, identificado o no, sin la más mínima recuperación de su historia.
Esa que reclama para su padre el obsesivo Carballo, que sin el cadáver de su consanguíneo, buscó el mismo traje del muerto importante, aquel que su padre tocara ese 9 de Abril al moribundo caudillo, como un abrazo con el desaparecido anónimo y todos los huérfanos del país.

Calota de Uribe Uribe

La forma de éste libro está signada para subrayar de forma valiente la primera persona. Como simulada autobiografía del autor, que lo vincula de nuevo a su patria.
Con el recorrido que hace, va ubicando sus experiencias en contacto con los personajes que pese a habitar otros lejanos años del siglo veinte, caminan a su  lado como una experiencia personal que lo persigue como el obsesivo de la historia, hasta obligarlo a comprometerse con rescatar la memoria histórica de  la patria.
Como decía, su concepto es plenamente compartido por mi propia experiencia tanto jurídica, como literaria, con el que me siento a plenitud identificado con ésta forma de contar desde el YO requerido por Vallejo al narrar, para unir la realidad y la ficción al momento de rehacer la historia, a la manera de Vargas Llosa, para poder “rescatar de las mentiras la verdad”.

Esa, tan escurridiza, en un país de leguleyos poetas y de generales poetas y leguleyos del siglo veinte, que me obliga a evocar el atrevimiento personal del año 1976, en que escribí en Bogotá mi primer libro de cuentos, donde el relato que da nombre al libro, “Cartas de GOMA y otras ficciones” recrea un suceso real de la historia de mi pueblo, alrededor del asesinato de un estudiante, donde para que el lector entendiera y aceptara la historia-ficción con ocurrencia real y publicitada por la gran prensa y para que se hiciera verosímil al lector de a pie y la creyera, en tanto real,  se incluyeron fotografías. Porque nuestra realidad es muy dura de creer y se pretende aún, seguirla falseando de magia, sin ninguna necesidad.


Fotografias del libro de cuentos Cartas de Goma.


Igual ejercicio hace hoy en su novela Juan Gabriel Vásquez. 
La reafirmación de aquel atrevimiento,  que fuera un concepto iniciático para mí.
Al abrirnos su libro y enseñarnos que LA FORMA DE LAS RUINAS debe ser también, GRAFICA, nos recalca, que está hablando de nuestra historia nacional, ya que a nuestro pueblo no le gustan “las historias inventadas”.

Y frente a mágicos realismos, elevaría la que sería un acta de principios frente a las letras:

Ya no serían los personajes ficticios de aquella novela los que ocuparían mi tiempo de soledad, sino una historia verdadera que a cada paso me demostraba lo poco que había entendido hasta este momento del pasado de mi país, que se burlaba de mi en mi propia cara, como haciéndome sentir la pequeñez de mis recursos de narrador ante el desorden de lo ocurrido tantos años atrás.”

Marco Polo
Altillo de Villanova
Bogotá D.C.

Diciembre 6 de 2015

miércoles, 25 de noviembre de 2015

EN LOS 91 AÑOS DE LA VORAGINE


Cariba malo, un pez carnero

Volver al Amazonas buscando de forma errónea la ruta que pudo haber seguido José Eustasio Rivera en la elaboración de la Vorágine y no encontrarla, porque para su escritura el vate huilense trasegó los caminos del oriente, del Rio Negro, Orinoco, Guaviare y Guainía que sirvieron para dotar de su realidad la obra, mas no para ubicar geográficamente su aventura inmortal al sur, por la selva entre los ríos Caquetá y Putumayo.

Si advertimos en cambio, el  encuentro de un camino al infierno del hombre.

De manera providencial, sin búsqueda alguna, de labios de un Chamán Tikuna pudimos volver al objeto inicial de una ideología, que alguna vez fue práctica de vida, en algún ejercicio cuasi religioso de militancia, propuesta como punto de partida de una reflexión universitaria en Neiva, cuando su Universidad todavía era el Instituto Universitario Surcolombiano en 1974. Porque de tal forma y con iguales herramientas que los europeos, aprendíamos el silogismo del hombre americano y su origen nativo y la manera de negarlo y admitirlo desde Colón que como bárbaro de occidente, lo enunció como “Caribe” o con hocico de perro, hasta Shakespeare que mediante un anagrama menciona en la Tempestad a su Calibán. El temible Caníbal, el mismo caribe que disimuló  en su forma velada, al salvaje, borrado por la nueva clase a defenestrar en esos años setenta.


Omarino y Arédomi a quienes Casement, llevó a Londres y quiso volver “personas”.

Entonces, era nuestra incredulidad o negación a la forma como fuimos dibujados por la intelectualidad europea, el motivo del rechazo. El dibujo mismo dotaba de derechos al conquistador, para acabar la insania de seres imperfectos, pecadores y encima comedores de hombres.

Pareciera consecuencia de un escritor mas profundo, con gran influencia religiosa  o con el poder para tocar aún, la infancia del mundo o la profunda ignorancia del hombre. Pero no. Su rebeldía, la auscultación introspectiva y el atrevimiento de su primera persona en la forma, permitieron con la poesía, concurrir al momento de sumar las oscuridades humanas.
Hoy 91 años luego de su publicación, el 25 de Noviembre de 1924.
Sentimos su vigencia desde el calor húmedo de la selva amazónica.

 


















Cinco años antes, en el 2010, el nobel Vargas Llosa publicó “El Sueño del Celta” novela de la que extrañamente salta la irresistible comparación con nuestra Vorágine.

El punto de su valoración no se diluye en ésta obra de actualidad, cuando tocando el mismo tema de la novela del huilense, en el Congo, en el Amazonas, agrega la denuncia oficial y elabora en profundidad un gran personaje de la vida real, El Celta, que debió aportar con seguridad a José Eustasio Rivera el motivo judicial de su novela: EL LIBRO AZUL BRITANICO. Informes de Roger Casement y otras cartas sobre las atrocidades en el Putumayo.


Nos dibuja Vargas Llosa de forma magistral, la luminosa vida  de un hombre que amó a los hombres, a los desvalidos  negros del Congo Belga explotados por el lechoso jebe. Ese niño que en lugar de leer a Salgari vivió las aventuras reales de Livingston en Africa. Lo emuló y llegó a caminar sobre sus huellas. El hombre austero que tenía como fijación la aventura y que al lado del explotado denunció la “condición humana” o la barbarie del hombre civilizado, en cabeza del monarca Belga. La codicia personificada, la ambición humana llevada al extremo de cercenar manos, orejas y nariz como un juego, de azotar con el chicote, de cortar lo humano o quemarlo, para obtener el “oro blanco” del caucho, que permitiría rodar el desarrollo del automóvil con Charles GoodYear, sobre seres que solo usaron la canoa. Que de recolectores heredaron las peores putrefacciones del civilizado y podrido hombre blanco al que también debieron acabar de igual forma o al estilo de sus ancestros: comiéndolo.

Mujer Indígena muerta de hambre, por no cumplir su marido con el kilaje de siringa.


Es la historia de Roger Casement que influyó a tal punto sobre el marinero Konrad Korzeniowski también, hasta hacerlo todo un flamante escritor que lo llega a reconocer: “Usted me ha desvirgado, Casement. Sobre Leopoldo II, sobre el Estado independiente del Congo. Acaso, sobre la vida”.
La pérdida de tal inocencia, convierte al marinero en JOSEPH CONRAD, quien no puede otra cosa que escribir también su novela “El corazón en las tinieblas” en la que cuenta el horror del hombre blanco que ha labrado su encuentro con el infierno que es el propio hombre blanco o negro o indígena.



Los hechos criminales contra los indígenas por razón del caucho en el Putumayo, ocurrieron desde finales del siglo XIX, y fueron denunciados inicialmente por Benjamin Saldaña Aroca peruano desde dos periódicos suyos en Iquitos(La Felpa y la Sanción) y Walter Hardemburg en 1910 en su libro “EL PUTUMAYO. El paraíso del Diablo", base de orientación ante el parlamento Británico, para  que Roger Casement elaborara un nuevo informe, similar al del Congo.

Los huilenses teníamos como denuncia, únicamente, la obra de Rivera publicada en 1924, quien desde su cargo de Representante a la Cámara por el partido conservador reclamó la soberanía nacional usurpada e hizo conocer de sus compatriotas la infamia del genocidio del sur.
Cien años después de la denuncia inicial de su paisano Saldaña Aroca, viene el Sueño del Celta de Vargas Llosa a resucitar ese infierno de nuestros compatriotas.

Porque las criminales actuaciones de Julio Arana y sus socios Londinenses fueron denunciados como se dijo en 1912 por el Libro Azul de Casement, con más de treinta testimonios diversos de los Barbadenses, fotografías de las marcas de ganado sobre  la piel indígena o las mutilaciones y los embargos posteriores en Londres. Pero ocurre que  el mencionado informe, fue desoído por el gobierno peruano comprado por Arana y los loretanos de Iquitos continuaron como si nada,  elevando a héroe o patriota al criminal, por usurpar tierras colombianas. Y se produjo un segundo, El libro Rojo del Putumayo y el texto sobre el proceso penal en el Putumayo de Carlos Valcárcel el Juez, que intentaron impresionar a los norteamericanos.


Pero la explotación continuó.

La Vorágine al ser publicada en 1924 tuvo el efecto de ser la confirmación al mundo de la masacre de mas de 30.000 indígenas, porque la esclavitud persistía, pese  a que hizo el señalamiento con tres de sus personajes: el inicial Saldaña Aroca, el sabio francés Eugenio Robuchon que fue desaparecido también y el Juez Valcárcel exiliado en Colombia y  Arana con orden de detención y todo siguió con la explotación, aunque fue desmantelada la empresa Peruvian Amazon Company, (Para que los ingleses robaran la semilla de la siringa y siguieran con el negocio en Malasia, Singapur, Java Sumatra y Ceylan como la legalización del negocio ahora, redimido,  como el opio, la marihuana y cocaína para otro estado poderoso), su poder se alargó hasta llevarlo al Senado y aún luego del conflicto limítrofe contra Colombia, quien debió llegar a indemnizar al peligroso sátrapa como lo refiere en otra novela huilense, Benhur Sánchez,  al contar el desarrollo de esa extraña guerra, en El frente inmóvil, que prácticamente no llegó a combatir entre 1932 y 1933, en que se desarrolló el conflicto, que culminó gracias al asesinato del presidente peruano Luis Miguel Sánchez Cerro  por un Aprista y al tratado Salomón-Lozano suscrito con antelación en 1922, con el Perú que venía siendo desconocido y que constituyó la necesidad política de Leguía por un aliado para enfrentar a Ecuador. Ese fue López Pumarejo, más por amistad, que devolvió Güepí  a trueque del Trapecio amazónico y Leticia, con la salida al Amazonas y la restitución de límites con el Putumayo y finalizó la guerra.



En la plaza de Leticia



En la plaza de Leticia
                     

Hombres que son varios hombres. Hombres que son libros y que ingresaron al infierno para darnos luz sobre la oscuridad de sus profundidades abyectas: Roger Casement con el Informe del Congo y El Libro Azul Británico, Joseph Conrad y El corazón en las tinieblas, José Eustasio Rivera y La Vorágine, Benhur Sánchez y El frente inmóvil y cien años después de la infamia, el nobel Vargas Llosa con El sueño del Celta que los resume.

En Armas de Juego, traigo la sensación imaginada de lo que puede llegar a ocurrir con el hombre que ingrese en la Vorágine, Al corazón de las tinieblas, pero con la certeza aún, de que era un infundio del conquistador, parte de un mito para justificar la expoliación:


Cruzamos el Amazonas hasta Santa Rosa para donar un ejemplar de mi novela.

“Y es cuando el gringo comienza a enloquecer porque resuelve abandonar la expedición, desertar y rezagarse, seguramente con el deseo de buscar otra ruta, por no confiar en mi brújula de juguete. Están cansados. Pero se huele que es otra cosa. Tiene miedo, o mejor terror. Sus ojos desorbitados no logran explicar con las señas de sus palabras lo que pasa por su mente en segundos. La certeza de que los peones, trocheros, rumberos, cargueros y coquis los habíamos elegido para comerlos. Y prefieren seguir solos en el campamento que armaron en ese instante y que el resto ve como una gran tienda de víveres, con esa carne tierna de Susy lista para comerla sin sal, sin pan, trocearla e ir comiendo su brazo mientras los dedos nos acarician el cabello”. (El viaje de los perdidos. Pg.97)





Como dijimos, al iniciar ésta reflexión, Leticia, el último pueblo de Colombia al sur, al que fuimos a buscar otras cosas diversas del pirarucú y el delfín rosado, de la gamitana y el pez carnero (Una especie de pequeño tiburón que penetra comiendo por cualquier agujero del cuerpo, ano, uretra, oído, nariz y que solo con cirugía se puede extraer)  o del mono fraile y la imponencia del rio, con la hermandad de tres países. Leticia, el pueblo fundado por dos peruanos, nos sirvió para entender que tanto el conquistador y el indígena hicieron parte del infierno. Que no fue tan falso aquello de ser llamados CANIBALES, porque de labios de un chamán Tikuna escuché la versión real cuando le pregunté por el canibalismo en su tribu:





“¿Caníbales? Está entre Tarapacá y la Pedrera es un rio que viene del Brasil al departamento del Amazonas y se llama el río Pure, ahí están los caníbales allá no pueden ir, el gobierno ya los protege, ellos están en su autonomía, allá comieron a Julián Gil, allá no puede entrar nadie, nadie,(Y entre Ustedes? Pregunta un tercero) tampoco puede entrar nadie. En cambio nosotros ya puede entrar bajo esta palabra que dice, Bienvenidos, para mi no hay distinción de raza, quise te lo tave…, por ello dialogamos con ustedes los demás pueblos, porque antes tampoco no se podía ingresar, persona ajeno a tribu de nosotros, nadie podía entrar al territorio de nosotros, persona ajeno que entrar a tribu de nosotros se coge, se amarra en el estantillo que está en el patio, al día siguiente se come. Todo eso ya pasó. Ya se guardó. Ya somos personas, personas es decir, mi papá, mi mamá, ya decimos que es un dolor, por eso hablamos por este camino que está derecho, por el camino que vamos caminando, no se pierde no se envolata, es de consejo, de alegría, de armonía, de tranquilidad, de afecto, de vivir uno, es ese camino. Mas no es este camino corto, ahí no hay vida. Todo esto está es en la obediencia. Caníbales, allá no vayan, eso si lo recomiendo a ustedes, si ustedes no me hacen caso y van allá y se los comen, no me vayan a culpar a mi, que yo no orienté, oyó? Dije, esta selva es muy grandísima, departamento es muy grande, falta mas conocer mas ustedes al fondo, conocer bien lo que es Colombia, hay que conocer, pero hay que preguntar cómo son las entradas, cómo es la convivencia allí…”



Al escuchar al Tikuna, me desubiqué del mundo. No supe si comencé a sentir piedad por él al admitir que ahora era una PERSONA, que posiblemente hacía parte de esa tribu YURI vuelta un resguardo, a espaldas de la civilización que había que dejar quieta en lo profundo de la selva, del Pure, porque de otro modo su encuentro era volver al infierno de los “CARIBA MALO”, como llaman éstos “CANIBALES” al hombre blanco, el mismo pez carnero que come nuestras entrañas y que no nos deja sino gritar la palabra de Kurtz  y de Rivera: EL HORROR, EL HORROR. ¡Los devoró la selva!


Marco Polo 
Altillo de Villanova
25 de Noviembre de 2015
A los 91 años de la Vorágine.



viernes, 6 de noviembre de 2015

PAUL AUSTER


LEVIATAN, UNA RELECTURA




La primera vez que lo lei, fue muy divertido y pese a que apenas lo conocía como escritor y casi olvidé el relato en su totalidad, lo hice desde un texto virtual y además, luego lo escuché de una traducción literal en audio libro, con la voz mecánica y fría del ordenador.  
Pero quedaron aquellos detalles de que el escrito trataba de un amigo del supuesto alter ego encarnado por el narrador que había ejercido el anarquismo y explotó con una bomba que pretendió detonar y su escrito, su justificación era prácticamente la declaración judicial a los investigadores del FBI. Lo divertido radicaba además en celebrar que un norteamericano fuera capaz de pronunciar la palabra "bomba" o recurrir a un tema casi vedado, pensaba, para un supuesto país tan reaccionario.






Es una historia sobre el azar de las relaciones entre los humanos, cuando una vida toca todas las vidas, aún las desconocidas. Donde las relaciones de amor y desamor son experimentales, extrañas y tan reales como un guión.

La primera persona, realza la intencionalidad de estar presente Auster en el relato,  y permite estar a su lado convencidos de que se trata del libro que escribe ahora. Su tercera persona a veces pasa desapercibida por su forma de apariencia caótica al relatar, cuando obedece a su propio interés de demostrar que ese es su plan. Denotar que la vida descrita sea similar al caos, a la soledad y al desencanto.

Cada personaje es la búsqueda de si mismo. Un mirar hacia dentro. Un espejo donde casi no se ve el rostro del descrito y en cambio hay sensaciones como esa de decir, que el cuerpo le lucía o le reñía o no concordaba con quien era narrado. Como si fuera una máscara necesaria para poder pintarlo sin que dejara de tener existencia en la realidad, ni en la ficción.

El tema como dije es interesante:
La anarquía inimaginada. Las bombas. La libertad y su simbología enfrentada al demonio que es el hombre norteamericano. El Leviatán.

Marco Polo
Altillo de Villanova
Bogotá 11 de Julio de 2014
Noviembre 6 de 2015.




martes, 27 de octubre de 2015

YESID MORALES RAMIREZ



Entre el color del poema y el paisaje

Hace cuarenta y cinco años conocí a Yesid Morales Ramírez en aquel pueblo que nos lanzó de la Legión de María a la rebeldía y la búsqueda descreída, con  la esperanza que nos propiciarían los libros.

Fue en un pueblo que aún no se llamaba Seminario en mis escritos, pero era el mismo pueblo donde amparado en lo gótico de Poe, pude crear alguna historia desde la fosa de un sepulcro, hasta el deseo de un país menos cruel.

Él tenía que ver con el arte.
Con aquel estudio de la esquina del teatro Alcázar donde un delgado y alegre pintor con nombre igualmente religioso, realizaba con paciencia pincelazos en colores que nos llenaban de asombro.

Luego fue un concurso de cuento.
El primero en que participé y cuyo jurado estuvo conformado por Jairo Mercado Romero un escritor costeño ya fallecido y el poeta del pueblo Yesid Morales Ramírez quien residía en aquella casa contigua a la de unos músicos, signada por una placa que decía, “Aquí canta un tiple”. Los jurados me preguntaron en aquella ocasión, si había leído a Ionesco o Beckett, porque a lo mejor mi escrito tuvo el regusto de lo grotesco para ese pueblo religioso, lo que me reportó el primer lugar.

Luego, mi primer cuento en letras de molde en un periódico de la capital. Y después, dos libros que publicara la Universidad y el Instituto de Cultura del Huila, donde regresé en algún San Pedro y en medio del jolgorio se mostraban libros.
En aquella época el pintor del pueblo ya había ocupado un cargo relacionado con la cultura y el arte y pude saludarlo de nuevo, en esa pequeña feria del libro en Neiva, donde me aseguró: “Los buenos estamos por aquí” y sacó de una fila el segundo de mis libros de cuento. Luego supe de sus exposiciones y de la publicación de varios libros de poesía.

Al presentar mi novela en Neiva, recibí de su mano el libro de poemas, “Monólogo de uno que no sueña”, al final le remití un ejemplar de “Armas de Juego”.

Una palabra virtual me permitió volver de nuevo a su encuentro.
Alguna vez, fue el único escritor huilense que al menos me agradeció por el envío que religiosamente hacía de mis reseñas desde éste blog. Finalmente, me tuvo en cuenta para su exposición privada, en una noche hermosa en casa de Mario Guzmán Perdomo el pasado 30 de Septiembre. La experiencia poética de esa noche la cuenta el video, la reseña de sus dos oficios la traigo así:




YESID EL PINTOR:


Un paisajista de la luz, que ve mas allá del ego.
Puliendo del ripio lo oscuro de lo humano, penetra en su insondable sensación de energía vuelta color, de su paisaje interno procesado, del canto y el deseo de brillo.
Según sus propias palabras, aleja la oscuridad de sí. Dialoga con la mirada del espectador en palabras de colores múltiples que mezclan lo extraño de lo oscuro, con el deseo de hacer transparente la ilusión.
Es ese paisaje que sale del pincel maestro, según el humor del que mira mas allá del cielo, del mar. Diluida la forma, a la manera de un maestro inglés que inspiró a impresionistas.


YESID EL POETA:

La desesperanza inunda al poeta.
La certeza de estar habitado de soledad, de univocidad real, donde han desaparecido los amigos. Es otra su realidad con el paso del tiempo, es otro en lo simple y lo inasible que debió ser mas inútil, menos real.
Su palabra es despedida, es fiesta aletargada, es efímero dolor y dolor del otro.
Su canto es parodia inocente de la tonada de su embriaguez, que reclama el lugar de la utopía. Es victoria ilusa, que es la vida. Repitiendo siempre un coro: El dolor.
Se permite el poeta descifrar su otro oficio, el de pintor y nos dice:



Paisaje

Desde el paisaje
Que no alteran las palabras
Pequeñas aves cruzan el espacio.
Su vuelo,
anhelada forma
que a los ciegos no desvela,
no pregona el movimiento,
es el movimiento.
Y tal vez el código
de un delicado mensaje
que a través de signos y colores
continúa temblando en el misterio


Marco Polo
Altillo de Villanova
Bogotá D.C
Octubre 27 de 2015.