sábado, 20 de septiembre de 2014

Mientras agonizo

                                     





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 por una palabra o una imagen

Si el padre Anse, es aquel personaje que argumenta sufrir la rara enfermedad de ser alérgico al sudor, intuimos desde allí, que la historia que se desarrollará no puede tener otro fondo que la farsa.

Un libro. Una película. 
La cortina densa urdida por el tan mentado nobel William Faulkner de donde dicen haber sido originarios muchos de nuestros escritores latinoamericanos que prefirieron la magia de la realidad a seguir machacando el vuelo interno de Alas Clarin, de Wolf, de Proust y del oficial Joyce.

El mismo autor de las palabras, de su novela admite, que lo que quiso escribir en esas noches libres de incendios en la estación de bomberos, era simplemente una vuelta de tuerca mas. Un cuento argumental. Una manera formal de hacer diferente el relato. Es decir, la identidad de una escritura más. Pero la fuerza de la forma contenida en su pluma enreda el asunto hasta los confines profundos del ser, convirtiendo su juego literario en una multiplicidad de seres sencillos que dan su voz al escritor para ser testigos de una miserable existencia. Es posible que esos tonos del autor sólo se ubiquen de vez en vez en alguno de esos personajes, pero sobre todo en la mujer que agoniza y que debió abrir el libro con su frase: 
“mi padre solía decir que la razón para vivir era prepararse para estar muerto durante mucho tiempo”

Entonces, mientras agonizo me voy preparando.
Porque el escritor, el pensador, tiene la presión de decir y pensar y escribir solo cosas serias. Y esa falta de sonrisa y burla en sus escritos, se produce porque no quiere ser otra cosa que trascendental. Y mientras muere debe dejar esa estela dolorosa de lo serio e importante, que muchas veces oscurece lo escrito al punto de ser una masa pétrea su novela. Si el libro de la comedia se refunde oculto en los orígenes de los géneros literarios de Aristóteles, las Komai es el lugar campesino donde nace la fiesta burlesca. Y debió ser porque era lo más humano. Y Balzac lo supo. Como al final, en un resumen cuasi grotesco de su obra, objeto de otras palabras, lo dice en su último breve libro, Milán Kundera.

Lo que traigo a colación tiene que ver con esa realidad propuesta al hombre desde su propia necesidad originaria. La palabra y la imagen al final vuelta un séptimo arte.
Y en la relectura de “Mientras agonizo” de Faulkner, encuentro la necesaria farsa de lo humano.
Un remolino de locura. Donde los hijos son propiedad de los padres y todo lo que acontecerá está urdido por la parte de apariencia más débil. El padre excusado al trabajo que de suyo es la farsa mayor. Su quejumbrosa alusión a sus privaciones que lo dotan del derecho a resolver la vida de todos. Su falta de dientes generalizada en la calidad de defectos que pesa sobre todos los personajes.
Con su deceso, deben cargar con el ataúd de la madre que ya filosofara su testamento por muchos kilómetros hasta su ciudad de origen. Vadear el rio crecido, provocar la pérdida de una pierna al fabricante de su cajón o del caballo a otro de los hijos que con padecimientos consiguió su enseña. O el río sin ella que dejará al pequeño o la falta de orientación vital a la hija, porque el único cuerdo de todo el relato es Darl quien ejerce de loco.
Y es quien en una de esas  ridículas noches, perseguidos  por los buitres y esclavos del  hedor de la cadaverina resuelve en un acto racional quemar el establo con todo y el féretro, como una liberación para todos por haber llevado un cadáver de paseo por mas de ocho días.
Entonces la farsa es dramática en los intersticios del relato. Pero es una farsa que llama a la repulsión. Porque allí en la farsa están contenidos los defectos y los vicios de lo humano.
La repulsión de los seres queridos vueltos cadáver. Sin aflorar la verdadera risa que los libere del miedo. Del socorrido temor a morir.
La forma de la novela es surreal por el monólogo interior de cada par de ojos que van contando la historia. Cada testigo, aún el niño relatando en qué consiste enterrar alguien lejos del hogar, con el agregado del hedor nauseabundo de la vida. Palabra pura.
Palabra vuelta trascendencia de la vida.

Disfruto luego a James Franco, profundo conocedor de Faulkner y el cine, quien se atreve a realizar una película, pese a todas las dificultades técnicas, otra vez sobre el complicado autor. Porque en éstas mismas páginas pudimos ver la completa y desabrida versión del “Sonido y la furia” teniendo como actor a Yul Brynner con cabello.
Película que luego intentará éste joven director.
Y su técnica visual debe ser acorde con la novela que hemos reseñado.
Entonces llena la pantalla con dos escenas simultáneas, dos cámaras, dos pares de ojos que van mirando la escena desde dos puntos de vista que nos elabora el conocimiento de lo que es un monólogo interior vuelto cine.
La misma realidad vista por el ojo y vuelta a crear en la idea.
La cámara lenta algunas veces sirve para ralentizar la realidad y usurparla de las garras de la cronología acostumbrada en el cine, haciendo de las escenas una extraña narración.
Casi correspondiendo con imágenes a la palabra de Faulkner.
Se nota también que es el loco Darl, (Actuación del propio director) el escogido para contar con mas realismo y veracidad la historia. Porque su padre no hace otra cosa que ordenar a la moribunda soportar la vida hasta que regresen los hijos con los últimos tres dólares para el viaje. La música es el sonido de la lluvia y el sordo aserrar de las tablas del ferétro por parte de Cash el  carpintero hijo.
Y habla la mujer mientras agoniza y luego cuando naufraga el cajón que la contiene, para dilucidar que “las palabras se van licuando en las cosas”, en los objetos, en las personas, como si intuyera el autor de la novela que sus palabras iban a ser llevadas al cine.
Con la certeza del director que está vivificando la palabra de un gran narrador y que se atrevió con bajo presupuesto a fusionar, la palabra y la imagen, acaricio un tanto cada uno de mis acostumbrados relatos, porque agonizo por la palabra y la imagen:  As I lay dying”.

Marco Polo
Altillo de Villanova. Bogotá.
Septiembre 20 de 2.014.