domingo, 22 de abril de 2012

Cambiar la tristeza de la canción.





Finalizaban los años sesenta y ocurrirían tres cosas en nuestra vida.

Una.

Escribiría una carta a una niña para entregarla en el futuro.
En ella le diría que de una novela de Pérez Galdós había robado su nombre y que por ello había creado la idea de su amor con un acróstico que le enviaría cuando perdiera el miedo de mi declaración y cuando terminara de pulirse en mi memoria su carita de ángel y su bondad vestida de hada con una música celeste que ni siquiera había albergado en el corazón.

Dos.

Los insultos de la abuela de Mono, seguían saliendo de sus labios contra mí por insistir que ese veinte de julio los gringos en una nave espacial Apolo llamada Columbia alunizaría por primera vez, y puedo decir que en la imagen borrosa y azulada de la televisión que unos amigos nos permitieron ver en su casa, observamos el aparato y traje blancos del astronauta filmado desde su espalda como si alguien hubiera bajado ya, lo que nos hizo pensar en la validez de la incredulidad de la abuela de Mono que nos insistía en la inferioridad del hombre frente a Dios.

Tres.

El futuro llegó y con él la infelicidad, la incredulidad y el desamparo.
La carta y el acróstico llegaron al año siguiente a manos de su destinataria quien luego del primer beso comenzó a desvanecerse en el aire.
Al año siguiente terminé el bachillerato y  la amargura de acero se filtró en el alma, mientras llovían las mas oscuras lágrimas del primer amor. La música celestial propuesta no aparecía aún en nuestra vida y entendimos que debíamos escribir nuestra historia porque la gente feliz no la tiene.

Sólo en los años setenta y seis cuando un grupo de muchachos de Liverpool se habían separado de su banda, escuché por primera vez la música de amor que de forma extraña me remitía al AYER. Que me decía que tenía que desandar la amargura y el rencor y buscar y recrear la canción soñada porque debía tomar una canción triste y mejorarla para poder seguir cargando el mundo a la espalda, que a eso nos habíamos comprometido con la historia.

Entonces fue una explosión de ahí en adelante en la búsqueda de esa música, que no tenía nada que ver con, vivir y dejar morir sino con salvarnos y ser felices.

Veintitrés años después la encontré.

Leyó de nuevo la carta escrita al futuro sin el acróstico, porque su nombre había cambiado de tono y de música triste había tornado a música feliz.
Ya no se llamó como antaño.
Ya no era el primer amor sino el verdadero, y ni siquiera se nombraría Jude, sino LIS que de buscarla de poema en poema y de norma en norma se había convertido en flor.

Entonces nos casamos.

La primera vez con la imposición  de las arras el 7 de Julio de 1.993.
La segunda en la notaría 36 el 28 de Octubre, donde firmamos en una fría escritura el matrimonio suyo y mío.

19 años después, coincidente con el 19 de Abril de 2.012; como si celebráramos  la muerte de la amargura o la guerrilla y el nacimiento del amor,  PAUL McCARTNEY el ex BEATLE se presentó en concierto en Bogotá y cerca de la medianoche, luego de los fuegos artificiales que hicieron estallar en pedazos la violencia atea de algún James Bond, apareció por fin la canción totalmente renovada.

Mejoramos nuestra propia canción:

DE TRISTE LA CAMBIAMOS A FELIZ y hasta la medianoche estuvimos coreando en el Campín:
NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA NA.

Como si hubiéramos mandado al cuerno, el deseo de cargar el mundo a la espalda sin Dios, o el temor a la felicidad y a lo cursi.